Sor Sandrine se sentó en la cama. «Pero ¿qué hora es?» Aunque
reconocía la voz de su jefe, nunca en aquellos quince años la había
despertado a deshoras. El abad era un hombre muy pío que se acostaba
siempre después de misa.
--Siento haberla despertado, hermana --dijo con una voz que
también sonaba grave y tomada por el sueño--. Tengo que pedirle un
favor. Acabo de recibir la llamada de un importante obispo americano. A
lo mejor lo conoce. Manuel Aringarosa.
--¿El máximo representante del Opus Dei? --«Claro que lo conozco.
¿Quién no ha oído hablar de él en la Iglesia?» La prelatura conservadora
de Aringarosa se había hecho cada vez más influyente en los últimos
años. Su ascensión a la gracia había recibido el espaldarazo final en
1982, cuando Juan Pablo II la convirtió por sorpresa en «prelatura
personal del Papa», aprobando oficialmente todas sus prácticas.
Curiosamente, aquel hecho coincidía en el tiempo con la supuesta
transferencia de mil millones de dólares que la secta habría realizado a
favor del Instituto Vaticano para las Obras Religiosas --vulgarmente
conocido como Banca Vaticana--, para impedir su vergonzante
bancarrota. En una segunda maniobra que había levantado muchas
suspicacias, el Papa había colocado al fundador de la Obra en la pista de
despegue inminente hacia la santidad, reduciendo un proceso de
canonización que con frecuencia tardaba siglos a un breve trámite de
veinte años. Sor Sandrine no podía evitar ver con sospecha la influencia
del Opus en el Vaticano, pero con la Santa Sede no se discutía.
--El obispo Aringarosa me ha llamado para pedirme un favor --
prosiguió el abad, con voz nerviosa--. Uno de sus numerarios se
encuentra en París esta noche...
Mientras escuchaba aquella extraña petición, sor Sandrine estaba
cada vez más confundida.
--Discúlpeme. ¿Me está diciendo que ese numerario del Opus Dei no
puede esperar a mañana?
--Me temo que no. Su avión sale muy temprano. Y siempre ha
tenido el sueño de ver Saint-Sulpice.
--Pero si la iglesia es mucho más interesante de día. Con los rayos
del sol que se filtran por el rosetón, con las sombras del gnomon, eso es
lo que la hace única.
--Hermana, estoy de acuerdo, pero si le deja entrar esta noche lo
consideraré un favor personal que me hace. El podría estar ahí a eso
de... ¿la una? Dentro de veinte minutos.
Sor Sandrine frunció el ceño.
--Sí, claro, lo atenderé gustosamente.
El abad le dio las gracias y colgó.
Desconcertada, se quedó un momento más en la cama, intentando
despejarse. A sus sesenta años, le costaba un poco más que antes
despertarse, aunque ciertamente aquella llamada telefónica le había
avivado los sentidos. El Opus Dei siempre le había inspirado
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