Langdon bajó la vista y dio un brinco del susto.
El corazón empezó a latirle con fuerza ante la extraña visión que
brillaba ahí delante, sobre el suelo de parqué. Con letra luminosa, las
últimas palabras de Saunière se extendían, púrpuras, junto a su
cadáver. Al contemplar aquel texto iluminado, sintió que la niebla que lo
había envuelto toda la noche se hacía más espesa.
Volvió a leer el mensaje y alzó la vista.
--¿Qué demonios significa?
Los ojos del capitán brillaron en la oscuridad.
--Esa, monsieur, es exactamente la pregunta que queremos que
usted nos responda.
No lejos de allí, en el interior del despacho de Saunière, el teniente
Collet había regresado al Louvre y estaba inclinado sobre una consola de
audio instalada sobre el enorme escritorio del conservador. Si ignoraba
el extraño muñeco con aspecto de robot que reproducía un caballero
medieval y que parecía estar espiándolo desde un rincón de la mesa,
Collet se sentía cómodo. Se colocó bien los auriculares AKG y comprobó
las entradas de sonido en el sistema de grabado del disco duro. Todas
funcionaban. Los micrófonos también iban perfectamente, y el sonido
llegaba muy nítido.
--Le moment de venté --susurró.
Sonriendo, cerró los ojos y se dispuso a disfrutar del resto de la
conversación que tenía lugar en la Gran Galería y que a partir de ese
momento empezaba a quedar grabada.
7
El humilde habitáculo que había en la iglesia de Saint-Sulpice estaba
ubicado en la segunda planta del propio templo, a la izquierda del balcón
del coro. Se trataba de una vivienda de dos piezas con suelos de piedra
y muy pocos muebles, y que era el hogar de sor Sandrine Bieil desde
hacía más de diez años. Oficialmente, su residencia estaba en un
convento cercano, pero ella prefería la tranquilidad de la iglesia y
teniendo, como tenía, cama, teléfono y comida caliente, no necesitaba
más.
En tanto que conservatrice d'affaires, sor Sandrine era la encargada
de los aspectos no religiosos de la vida de la iglesia: el mantenimiento
general, la contratación de personal de apoyo y guías, la seguridad del
edificio fuera de las horas de culto y de visita, la compra del vino de
misa y las hostias de consagrar.
Esa noche, mientras dormía en su estrecha cama, el sonido del
teléfono la despertó y descolgó soñolienta.
--¿Diga?
--Hola, hermana.
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