«El Señor nos lo quita y el señor nos lo da». Aringarosa sintió un
glorioso rayo de esperanza.
--Hábleme de su plan.
El obispo ya estaba inconsciente cuando las puertas del hospital St. Mary
se abrieron. Silas se abalanzó sobre la entrada rendido por el
agotamiento. Cayó de rodillas en el suelo y gritó pidiendo ayuda. Todos
en la recepción ahogaron un grito de asombro al ver a aquel albino
medio desnudo que llevaba en sus brazos el cuerpo ensangrentado de un
hombre con sotana.
El médico que le ayudó a tender al obispo en la camilla se puso muy
serio al tomarle el pulso.
--Ha perdido mucha sangre. Hay que temerse lo peor.
Los ojos de Aringarosa se abrieron y, por un momento volvió en sí.
Buscó a Silas con la mirada.
--Hijo mío...
El remordimiento y la rabia se habían apoderado del alma del albino.
--Padre, aunque empeñe en ello toda mi vida, encontraré a quien
nos ha engañado y lo mataré.
Aringarosa negó con la cabeza y lo miró con tristeza mientras lo
preparaban para llevárselo.
--Silas... si no has aprendido nada de mí, por favor... por favor
aprende esto. --Le cogió la mano y se la apretó con fuerza--. El perdón
es el mayor regalo de Dios.
--Pero, padre...
Aringarosa cerró los ojos.
--Silas, reza mucho.
101
Robert Langdon seguía bajo la alta cúpula de la desierta Sala Capitular
sin apartar la vista de la pistola de Teabing.
«Robert, ¿estás conmigo o estás contra mí?» Las palabras del
miembro de la Real Academia de la Historia resonaban en el silencio de
su mente.
Sabía que ninguna de las dos respuestas posibles era buena. Si
decía que sí, estaba traicionando a Sophie. Si decía que no, Teabing no
tendría otro remedio que matarlos a los dos.
Los años que había pasado dando clases no le habían servido para
enfrentarse a situaciones en las que había armas de por medio, pero sí
le habían enseñado a reaccionar ante el planteamiento de paradojas.
«Cuando una pregunta carece de respuesta correcta, sólo queda la
respuesta sincera.»
El matiz gris entre el sí y el no.
«El silencio.»
339
|
|