tiempo, Silas había aprendido a confiar en su intuición, porque gracias a
ella se había mantenido con vida durante su infancia, en las calles de
Marsella, mucho antes de ir a la cárcel... mucho antes de volver a nacer
de la mano del obispo Aringarosa. Miró hacia la calle y distinguió el perfil
borroso de un coche junto al seto. Encima llevaba una sirena de policía.
El suelo de madera crujió. Oyó abrirse una puerta.
Silas reaccionó movido por el instinto. Cruzó la celda a toda prisa y
se puso detrás de la puerta, que se abrió de par en par en ese mismo
momento. El primer agente entró, moviendo el arma a izquierda y
derecha ante lo que parecía ser una celda vacía. Antes de darse cuenta
de dónde estaba Silas, éste ya había empezado a empujar la puerta con
el hombro para impedir que entrara un segundo agente, que con los
golpes cayó al suelo. El primero estaba a punto de disparar y el monje se
le tiró a las piernas. Se le disparó el arma, y la bala le pasó a Silas casi
rozándole la cabeza justo cuando conseguía agarrarle las pantorrillas. Se
cayó y se dio un golpe en la frente. El segundo agente luchaba por
ponerse de pie junto al marco de la puerta. Silas le clavó la rodilla en la
entrepierna y pasó por encima de él.
Casi desnudo, empezó a bajar la escalera. Sabía que alguien lo
había delatado, pero no sabía quién. Cuando llegó al vestíbulo, había
más policías entrando por la puerta principal. Se fue hacia el otro lado y
se internó por un pasillo de la residencia. «Es el acceso para las mujeres.
En todos los edificios del Opus hay uno.» Avanzó por corredores
intrincados y se coló en la cocina, donde unas empleadas aterrorizadas
no pudieron evitar ver a aquel monje en paños menores que en su huida
tiró platos y cubiertos antes de salir a una sala oscura que había cerca
del cuarto de las calderas. Desde ahí vio por fin la puerta que buscaba,
una luz que indicaba la salida y que brillaba al fondo.
Salió corriendo a la calle. Seguía lloviendo y, al saltar el pequeño
rellano que lo separaba de la lluvia, Silas no vio al agente que venía
desde la otra dirección hasta que ya era demasiado tarde. Chocaron. Los
hombros anchos y desnudos de Silas se clavaron en el esternón de aquel
hombre con una fuerza brutal. El agente cayó al suelo, boca arriba, y
soltó sin querer la pistola. El monje se abalanzó con fuerza sobre él. Oía
que varios hombres venían corriendo por el pasillo y gritaban. Se dio la
vuelta y, justo cuando los policías aparecieron, logró hacerse con el
arma. Un disparo resonó en las escaleras, y Silas notó un intenso dolor
por debajo de las costillas. Lleno de rabia, abrió fuego contra los tres
agentes.
De la nada, tras él surgió una sombra. Las manos airadas que lo
agarraron de los hombros desnudos parecían tener la fuerza del
mismísimo demonio. Aquel hombre le gritó al oído. «¡SILAS, NO!»
Pero él logró zafarse, se dio la vuelta y le disparó. En ese momento,
sus ojos se encontraron. Al ver caer al obispo Aringarosa, Silas empezó a
gritar.
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