--¿Los de seguridad tardaron quince minutos en llegar hasta aquí?
--No, claro que no. El servicio de seguridad respondió de inmediato
a la llamada de alarma y se encontraron con que la galería estaba
sellada. A través de la reja oían a alguien que se movía al fondo del
corredor, pero no veían quién era. Gritaron, pero no les respondió nadie.
Supusieron que sólo podía tratarse de un delincuente, y siguiendo el
protocolo avisaron a la Policía Judicial. Llegamos en cuestión de quince
minutos y conseguimos abrir un poco la reja, lo bastante como para
colarnos por debajo. Ordené a doce hombres armados que registraran el
pasillo y arrinconaran al intruso.
--¿Y?
--No encontraron a nadie, excepto a.... --señaló hacia delante. Él.
Langdon alzó la vista y siguió la dirección de aquel dedo. Al principio
le pareció que Fache le señalaba una gran estatua de mármol que había
en el centro de la galería. Pero al avanzar un poco pudo ver lo que había
detrás. Poco menos de treinta metros más allá había un foco sobre un
trípode portátil que iluminaba el suelo, creando una isla brillante de luz
blanca en medio de aquella galería rojiza y en penumbra. En el centro,
como si fuera un insecto bajo la lente de un microscopio, el cadáver del
conservador estaba tendido en el suelo de madera.
--Ya ha visto la foto dijo Fache, así que esto no debería
sorprenderle.
A medida que se iban acercando al cadáver, Langdon sentía que un
escalofrío le recorría de arriba abajo. Aquella era una de las imágenes
más extrañas que había visto en su vida.
El pálido cuerpo sin vida de Jacques Saunière estaba en la misma
posición que tenía en la foto. Langdon estaba de pie junto a él,
entrecerrando los ojos para soportar la dureza de aquel foco, y tuvo que
hacer un esfuerzo para convencerse de que había sido el propio
conservador quien había dedicado los últimos minutos de su existencia a
colocarse de aquel modo.
Saunière estaba muy en forma para la edad que tenía... y ahora
todos sus músculos quedaban a la vista. Se había quitado toda la ropa y
la había doblado con esmero, dejándola en el suelo. Se había tendido
boca arriba en el centro de la espaciosa galería, perfectamente alineado
longitudinalmente. Sus brazos y piernas estaban totalmente extendidos,
como los de un niño jugando a ser pájaro, o mejor, como los de un
hombre al que una fuerza invisible estuviera a punto de descuartizar.
Justo por debajo del esternón de Saunière, una mancha marcaba el
punto donde la bala le había desgarrado la carne. La herida había
sangrado muy poco, sorprendentemente, y había dejado sólo un
pequeño charco oscuro.
El dedo índice de su mano izquierda también estaba ensangrentado,
según parecía, porque lo había ido mojando en la herida para crear el
entorno más perturbador de su macabro lecho de muerte: usando su
propia sangre a modo de tinta, y su abdomen desnudo como lienzo,
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