vivir en esa realidad ayuda a millones de personas a resistir y a ser
mejores.
--Pero parece que su realidad es falsa.
Langdon ahogó una carcajada.
--No más que la de una criptógrafa matemática que cree en el
número imaginario «i» porque le ayuda a descifrar códigos.
--No es lo mismo --replicó Sophie frunciendo el ceño.
Estuvieron un momento en silencio.
--¿Qué pregunta me habías hecho?
--No me acuerdo --respondió Sophie.
--Nunca falla --dijo Langdon con una sonrisa en los labios.
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El reloj de Langdon, con su esfera de Mickey, marcaba casi las siete y
media cuando lo miró antes de bajarse de la limusina y salir a la Inner
Temple Lane, acompañado de Sophie y de Teabing. El trío atravesó una
maraña de edificios hasta llegar al pequeño patio que había a la entrada
de la iglesia del Temple. La piedra tosca brillaba con la lluvia, y unas
palomas emitían sus arrullos desde las cornisas.
La antigua iglesia del Temple había sido construida totalmente con
piedra de Caen. Se trataba de un edificio muy vistoso, circular, con una
fachada algo tétrica, un cimborrio central y una nave que sobresalía a
uno de los lados. Se parecía más a una plaza militar que a un lugar de
culto. Consagrada el 10 de febrero de 1185 por Heraclio, patriarca de
Jerusalén, la iglesia del Temple había sobrevivido a ocho siglos de
inestabilidad política, al Gran Incendio de Londres y a la Primera Guerra
Mundial, pero las bombas incendiarias de la Luftwaffe, en 1940, la
habían dañado seriamente. Tras la contienda, la habían restaurado para
devolverle su severo esplendor.
«La simplicidad del círculo», pensó Langdon mientras contemplaba
el edificio por primera vez. Arquitectónicamente, era tosca y sencilla,
más parecida al Castel Sant'Angelo de Roma que al refinado Panteón. El
anexo rectangular que sobresalía a la derecha era un desafortunado
pegote, aunque apenas lograba disimular la forma pagana original de la
primera estructura.
--Como es sábado y es tan temprano --dijo Teabing cojeando hacia
la entrada--, supongo que no habrá misa y podremos estar tranquilos.
La entrada del templo era un cuadro labrado que enmarcaba un gran
portón de madera. A su izquierda, totalmente fuera de lugar, había un
tablón de anuncios lleno de carteles de conciertos e informaciones sobre
servicios religiosos.
Al leer uno de ellos, Teabing torció el gesto.
--Aún faltan un par de horas para que abran a las visitas turísticas.
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