--¿Sí?
--Silas ha encontrado la clave --dijo su interlocutor--. Está en París.
En la iglesia de Saint-Sulpice.
El obispo sonrió.
--Entonces estamos cerca.
--La podemos conseguir inmediatamente. Pero necesitamos su
influencia.
--Desde luego. Dígame qué tengo que hacer.
Cuando Aringarosa desconectó el teléfono, el corazón le latía con
fuerza. Volvió a contemplar la oscuridad de la noche, empequeñecido por
la magnitud de los acontecimientos que había puesto en marcha.


A casi mil kilómetros de allí, el albino Silas se encontraba frente a un
pequeño lavamanos lleno de agua, limpiándose la sangre de la espalda.
Las gotas se hundían en él y creaban formas. «Purifícame con hisopo, y
seré limpio», rezaba, recitando los Salmos. «Lávame, y seré más blanco
que la nieve.»
A Silas lo invadía una emoción y una impaciencia que no había
sentido desde su otra vida y que lo electrizaba. Durante los diez años
anteriores había seguido los preceptos de Camino, limpiando sus
pecados... reconstruyendo su vida... borrando toda la violencia de su
pasado. Pero aquella noche todo había vuelto a hacérsele presente. El
odio que tanto se había esforzado por enterrar había sido convocado de
nuevo. Y le había asombrado constatar lo poco que su pasado había
tardado en aflorar a la superficie. Y con él, claro, sus antiguas mañas.
Algo oxidadas, pero aún útiles.
«El mensaje de Jesús es un mensaje de paz, de no-violencia, de
amor». Aquel era el mensaje que le habían enseñado desde el principio,
y el que conservaba en su corazón. Sin embargo, era también el que los
enemigos de Cristo ahora amenazaban con destruir. «Los que amenazan
a Dios por la fuerza encontrarán resistencia. Inamovible y siempre
alerta.»
Durante dos milenios, los soldados cristianos habían defendido su fe
contra los que intentaban aboliría. Y esa noche Silas había sido llamado a
la batalla. Tras secarse las heridas, se puso el hábito, que le llegaba a
los tobillos. Era liso, de lana oscura, y hacía resaltar la blancura de su
piel y de su pelo. Se apretó el cinturón de cuerda, se cubrió con la
capucha y se miró en el espejo. «Iniciamos la marcha.»




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