Hacía dos meses se había descubierto que un grupo del Opus Dei de
una universidad del Medio Oeste americano drogaba con mescalina a sus
neófitos para inducirles un estado de euforia que ellos percibieran como
experiencia religiosa. En otro centro universitario, un alumno había
usado el cilicio bastante más que las dos horas diarias recomendadas y
se había causado una infección casi mortal. No hacía mucho, en Bostón,
un pequeño inversor en bolsa desilusionado había donado al Opus Dei los
ahorros de toda su vida y había intentado suicidarse.
«Ovejas descarriadas», se compadeció Aringarosa.
Claro que la mayor vergüenza había sido el juicio mediático contra
Robert Hanssen que, además de ser un destacado miembro del Opus y
espía del FBI, había resultado ser un pervertido sexual que, según se
demostró durante las vistas, había colocado cámaras ocultas en su
propia habitación para que sus amigos le vieran manteniendo relaciones
sexuales con su esposa. «Cuesta creer que se trate del pasatiempo de
un católico devoto», había comentado el juez.
Por desgracia, todos aquellos hechos habían propiciado la creación
de un grupo de denuncia conocido como Red de Vigilancia del Opus Dei
(Opus Dei Awareness Network, ODAN). En la popular página web del
grupo, www.odan.org, se relataban historias escalofriantes de antiguos
miembros que advertían de los peligros de integrarse a la congregación.
Los medios de comunicación empezaban a referirse al Opus como la
«mafia de Dios», o el «Culto idólatra a Cristo».
«Tememos aquello que no entendemos», pensó Aringarosa,
preguntándose si aquellos críticos tenían idea de cuántas vidas había
hecho más plenas la Obra. El grupo gozaba del apoyo y la bendición
plena del Vaticano. «El Opus Dei es una prelatura personal del Papa.»
Sin embargo, en los últimos tiempos, el Opus se había visto
amenazado por una fuerza infinitamente más poderosa que la de los
medios... un enemigo inesperado del que Aringarosa no tenía modo de
esconderse. Hacía cinco meses, el caleidoscopio del poder se había
agitado y él aún se estaba tambaleando por culpa de la sacudida.
--No son conscientes de la guerra que han iniciado --murmuró para
sus adentros, mirando la oscuridad que lo invadía todo al otro lado de la
ventanilla del avión.
Por un instante sus ojos captaron el reflejo de su propio rostro:
oscuro y alargado, dominado por una nariz chata y torcida, rota en una
pelea en sus tiempos de joven misionero en España. Ya casi no se fijaba
en aquel defecto físico. El mundo de Aringarosa era del espíritu, no de la
carne.
Cuando el avión empezaba a sobrevolar las costas de Portugal, su
teléfono móvil empezó a vibrar. A pesar de la normativa aérea que
prohibía el uso de dispositivos electrónicos durante el vuelo, el obispo
sabía que no podía dejar de contestar aquella llamada. Sólo un hombre
conocía aquel número, el hombre que le había enviado aquel teléfono.
Excitado, Aringarosa respondió en voz baja.
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