unos meses para enfrentarse a las manos que amenazaban con destruir
su imperio.
En calidad de prelado del Opus Dei, el obispo Aringarosa había
pasado los últimos diez años extendiendo el mensaje de la «Obra de
Dios», que es lo que significaba literalmente Opus Dei. La congregación,
fundada en 1928 por el sacerdote español Josemaría Escrivá, promovía
el retorno a los valores conservadores del catolicismo y animaba a sus
miembros a realizar sacrificios drásticos en sus vidas para hacer la Obra
de Dios.
La filosofía tradicionalista del Opus Dei arraigó en un principio en la
España prefranquista, pero la publicación en 1934 de Camino, el libro
espiritual de Josemaría Escrivá, consistente en 999 máximas de
meditación para hacer la Obra de Dios en esta vida, propagó el mensaje
de aquel sacerdote por todo el mundo. Ahora, con más de cuatro
millones de ejemplares publicados en cuarenta y dos idiomas, la fuerza
del Opus Dei no conocía fronteras. Sus residencias, centros docentes y
hasta universidades se encontraban prácticamente en todas las grandes
ciudades del mundo. El Opus era la organización católica con un mayor
índice de crecimiento, así como la más sólida en términos económicos.
Pero por desgracia, Aringarosa era consciente de que en tiempos de
cinismo religioso, de idolatría y telepredicadores, la creciente riqueza de
la Obra era blanco de sospechas.
--Son muchos los que consideran al Opus Dei como una secta
destructiva --le comentaban con frecuencia los periodistas--. Otros los
tachan de sociedad secreta católica ultraconservadora. ¿Son alguna de
esas dos cosas?
--No, ninguna --respondía siempre el obispo sin perder la paciencia.
Somos una Iglesia católica, una congregación de católicos que hemos
optado prioritariamente por seguir la doctrina católica con tanto rigor
como podamos en nuestras vidas cotidianas.
--¿Incluye la Obra de Dios necesariamente los votos de castidad,
pobreza y penitencia de los pecados mediante la autoflagelación y el
cilicio?
--Eso describe sólo a una pequeña parte de los miembros del Opus
Dei --respondía Aringarosa--. Hay muchos niveles de entrega. Hay miles
de miembros que están casados, tienen familia y viven la Obra de Dios
en sus propias comunidades. Los hay que optan por una vida de
ascetismo y enclaustramiento en la soledad de nuestras residencias. La
elección es personal, pero todos en el Opus Dei compartimos la misma
meta de mejorar el mundo haciendo la Obra de Dios. Y no hay duda de
que se trata de toda una proeza.
Con todo, la razón casi nunca servía. Los medios de comunicación se
alimentaban normalmente de escándalos, y el Opus Dei, como cualquier
gran organización, tenía entre sus miembros algunas almas descarriadas
que ensombrecían los esfuerzos del resto del grupo.

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