--Ya casi está listo, señor --dijo con acento inglés--. Disculpe el
retraso, pero me ha cogido por sorpresa y estaba... --Se detuvo en seco
al ver que más gente empezaba a bajar del coche. Primero lo hicieron
Sophie y Langdon, y luego lo hizo Teabing.
--Mis socios y yo tenemos asuntos urgentes que atender en
Londres. No podemos perder ni un minuto. Por favor, prepáralo todo
para despegar de inmediato.
Dicho esto, sacó la pistola del coche y se la entregó a Langdon.
El piloto manifestó una sorpresa mayúscula al ver el arma. Se
acercó a Teabing y le susurró al oído.
--Lo siento, señor, pero los permisos diplomáticos de vuelo sólo me
autorizan a llevarlo a usted y a su mayordomo. Sus invitados no pueden
viajar.
--Richard --dijo Teabing sonriendo afablemente--. Dos mil libras
esterlinas y la pistola cargada dicen que sí puedes llevar a mis invitados.
--Señaló en dirección al Range Rover--. Y al desgraciado que llevamos
ahí detrás.
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Los potentes motores Garret TFE-731 del Hawker 731 atronaron, y el jet
despegó impulsado por una fuerza increíble. Desde la ventanilla, el
aeródromo de Le Bourget se veía cada vez más pequeño.
«Huyo de mi país», pensó Sophie con el cuerpo pegado al asiento de
cuero. Hasta ese momento había creído que, de alguna manera, podría
justificar su juego del gato y el ratón con Fache ante el Ministerio de
Defensa. «Intentaba proteger a un hombre inocente. Intentaba cumplir
las últimas voluntades de mi abuelo.» Pero Sophie se daba cuenta de
que aquella puerta acababa de cerrarse. Se iba del país, indocumentada,
en compañía de un huido de la justicia y con un rehén. Si lo que se
llamaba «límite de lo razonable» había existido alguna vez, acababa de
traspasarlo. «Y casi a la velocidad del sonido.»
Sophie iba sentada junto a Langdon y Teabing, en la parte delantera
de la cabina de pasajeros del «Jet Ejecutivo de Diseño Exclusivo», según
rezaba el medallón de oro pegado a la puerta de la cabina del piloto. Sus
lujosos asientos reclinables estaban anclados sobre unos raíles, y podían
cambiarse de posición y distribuirse en torno a una mesa, formando un
pequeño centro de reuniones. Con todo, aquel elegante decorado no
lograba disimular la nada elegante situación que tenía lugar en la cola
del avión donde, en una zona de asientos separada, junto a los servicios,
Rémy, el mayordomo de Teabing, iba sentado, pistola en mano,
cumpliendo a regañadientes las órdenes de su señor, que le había pedido
que vigilara al monje ensangrentado que tenía a sus pies, hecho un
ovillo en el suelo.
--Antes de concentrarnos en la clave --dijo Teabing--, si me lo
permitís, me gustaría deciros algo. --Parecía incómodo, como un padre a
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