Langdon observó primero la estrecha rendija que sólo permitía pasar
arrastrándose, y la enorme verja metálica. «Supongo que lo dice en
broma, ¿no?» Aquella barricada parecía una guillotina lista para aplastar
a cualquier intruso.
Fache murmuró algo en francés y consultó la hora. Acto seguido, se
arrodilló y arrastró su voluminoso cuerpo por debajo de la reja. Una vez
del otro lado, se puso de pie y miró a Langdon.
Este suspiró. Apoyando las manos en el suelo pulido, se tumbó boca
abajo y avanzó. Cuando estaba a medio camino, se le enganchó el cuello
de la chaqueta en la verja y se dio un golpe con el hierro en la nuca.
«Tranquilo, Robert, tranquilo», pensó, forcejeando para liberarse.
Finalmente se levantó, ya del otro lado, empezando a sospechar que
aquella iba a ser una noche muy larga.

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Murray Hill Place, la nueva sede estadounidense del Opus Dei y su centro
de convenciones, se levanta en el número 243 de Lexington
Avenue, en Nueva York. Valorado en más de cuarenta y siete
millones de dólares, el edificio, de más de cuatro mil metros cuadrados
de superficie, está revestido de ladrillo oscuro y piedra de Indiana.
Diseñado por May & Pinska, cuenta con más de cien dormitorios, seis
comedores, bibliotecas, salones, oficinas y salas de trabajo. En las
plantas dos, ocho y dieciséis hay capillas decoradas con mármoles y
maderas labradas. El piso diecisiete es enteramente residencial. Los
hombres acceden al edificio por la entrada principal de Lexington
Avenue. Las mujeres lo hacen por una calle lateral y, en el interior del
edificio, deben estar en todo momento separadas «acústica y
visualmente» de los hombres.
Aquella tarde, hacía unas horas, en la soledad de su apartamento
del ático, el obispo Manuel Aringarosa había metido cuatro cosas en un
bolso de viaje y se había puesto la sotana. En condiciones normales no
habría obviado el cordón púrpura, pero esa noche iba a viajar
acompañado de más gente y deseaba que su alto cargo pasara
desapercibido. Sólo los más atentos se darían cuenta al verle el anillo de
oro de catorce quilates con la amatista púrpura, los grandes brillantes y
la mitra engarzada. Se había echado la bolsa al hombro, había rezado
una oración en voz baja y había salido de su apartamento en dirección al
vestíbulo, donde su chófer le estaba esperando para llevarlo al
aeropuerto.
Ahora, en ese vuelo comercial rumbo a Roma, Aringarosa miraba
por la ventanilla y veía el oscuro océano Atlántico. El sol ya se había
puesto, pero él sabía que su estrella particular estaba iniciando su
imparable ascenso. «Esta noche se ganará la batalla», pensó, aún
sorprendido al pensar en lo impotente que se había sentido hacía sólo

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