Más adelante, el sonido de unas voces retumbaba en el pasillo
revestido de mármol, procedente, en apariencia, de una estancia
espaciosa que se adivinaba a la derecha. De la antesala salía una luz
muy potente.
--El despacho del conservador.
Mientras se acercaban, Langdon pudo echar un vistazo al lujoso
estudio de Saunière: maderas nobles, pinturas antiguas y un enorme
escritorio de anticuario sobre el que descansaba la figura de un caballero
con armadura de unos sesenta centímetros de altura. En el interior de
aquel despacho varios agentes iban de un lado a otro, hablando por
teléfono y tomando notas. Uno de ellos estaba sentado a la mesa y
escribía algo en un ordenador portátil. Según parecía, el despacho del
conservador se había convertido en un cuartel general improvisado
aquella noche.
--Messieurs --dijo Fache en voz alta. Todos se giraron--. Ne nous
dérangez pas sous aucun pretexte. Entendu?
Los agentes asintieron, dándose por enterados.
Langdon había colgado muchos carteles con el famoso NE PAS
DÉRANGER en las puertas de muchos hoteles y entendió las órdenes del
capitán. No debían molestarlos bajo ningún concepto.
Tras dejar atrás a aquella pequeña congregación de policías, Fache
condujo a Langdon por el pasillo oscuro. Unos diez metros más adelante
se adivinaba la entrada a la galería más famosa del Louvre --la Grande
Galerie--, un pasillo aparentemente sin fin que albergaba obras
maestras del arte italiano. Langdon ya había deducido que era allí donde
se encontraba el cuerpo de Saunière, porque en la polaroid había visto
un trozo de su inconfundible suelo de parqué.
Al acercarse, vio que el acceso estaba bloqueado por una enorme
verja de acero que parecía como las que usaban en los castillos
medievales para impedir el paso de los ejércitos intrusos.
--Seguridad reactiva --dijo Fache cuando estuvieron cerca.
Incluso ahí, casi a oscuras, aquella barricada parecía tan sólida como
para resistir la embestida de un tanque. Langdon escrutó las cavernas
débilmente iluminadas de la Gran Galería entre los barrotes.
--Usted primero, señor Langdon --le dijo Fache.
Langdon se volvió.
«¿Yo primero? ¿Dónde?»
Fache le señaló la base de la verja con un movimiento de cabeza.
Langdon lo siguió con la mirada. Estaba tan oscuro que no se había
dado cuenta de que el mecanismo estaba levantado medio metro,
permitiendo, bien que sin mucha comodidad, el paso por debajo.
--Esta área sigue de momento fuera de los límites del servicio de
seguridad del museo --explicó Fache--. Mi equipo de la Policía Técnica y
Científica acaba de terminar su investigación. --Señaló la abertura--.
Pase por ahí debajo, por favor.
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