Fache lo observó.
--Señor Langdon, deduzco que no ha estado en el Louvre fuera de
las horas de visita.
«No, supongo que no», respondió mentalmente, intentando
orientarse.
Las galerías, por lo general muy bien iluminadas, estaban muy
oscuras aquella noche. En vez de la acostumbrada luz blanca cenital,
había un resplandor rojizo que subía desde el suelo, fragmentos
intermitentes de pilotos rojos que brotaban en el pavimento.
Al escrutar el lóbrego pasillo, pensó que debía haber imaginado la
escena. Casi todas las grandes pinacotecas usaban aquella luz rojiza por
la noche. Era un sistema de iluminación estratégicamente colocado, poco
agresivo y que permitía al personal transitar por los pasillos al tiempo
que mantenía las obras en una semipenumbra pensada para retrasar los
efectos negativos derivados de una sobreexposición a la luz. Aquella
noche, el museo tenía un aspecto casi opresivo. Por todas partes surgían
sombras alargadas, y los techos abovedados, normalmente altísimos, se
perdían al momento en la negrura.
--Por aquí --dijo Fache, girando de pronto a la derecha y enfilando
una serie de galerías conectadas entre sí.
Langdon le siguió, adaptando lentamente la vista a la oscuridad. Por
todas partes empezaban a materializarse lienzos de gran formato, como
fotografías que cobraban forma ante sus propias narices en una inmensa
sala de revelado... los ojos le seguían al pasar de una sala a otra.
Notaba claramente el olor a museo --el aire seco, desionizado, con una
débil traza de carbono--, producto de los deshumidificadores industriales
con filtro carbónico instalados por todas partes para contrarrestar los
efectos corrosivos del dióxido de carbono que exhalaban los visitantes.
Las cámaras de videovigilancia, atornilladas en lo más alto de las
paredes, les enviaban un mensaje inequívoco: «Os estamos viendo. No
toquéis nada.»
--¿Hay alguna que sea de verdad? --preguntó Langdon señalando a
las cámaras.
--Claro que no --respondió Fache.
Aquello no le sorprendió. La vigilancia con cámaras en un museo de
aquellas proporciones era carísima e ineficaz. Con miles de metros de
galerías que controlar, el Louvre debería contar con cientos de técnicos
sólo para visionar las cintas. En la actualidad, los museos se decantaban
por «sistemas de seguridad reactivos». Si no había manera de disuadir a
los ladrones, al menos sí era posible dejarlos encerrados dentro una vez
cometido el robo. Era un sistema que se activaba fuera de las horas de
visita, y si el intruso se llevaba una obra de arte, automáticamente
quedaban selladas las salidas en el perímetro de la galería objeto del
robo. El ladrón quedaba entre rejas incluso antes de que llegara la
policía.
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