Cuando ya estaba cerca de las escaleras mecánicas inmóviles, se
detuvo al darse cuenta de que Fache ya no iba a su lado. Se volvió y lo
vio junto al ascensor de servicio.
--Iremos en ascensor --le dijo cuando se abrieron las puertas--.
Seguro que sabe mejor que yo que la galería está bastante lejos de aquí.
Aunque Langdon sabía que el ascensor acortaría la ascensión de dos
pisos hasta el Ala Denon, siguió sin moverse.
--¿Pasa algo? --le preguntó Fache sujetando la puerta con
impaciencia.
Langdon suspiró y se volvió un instante, despidiéndose del espacio
abierto de la escalera mecánica. «No, no pasa nada», se mintió a sí
mismo. Cuando era pequeño, Langdon se había caído en un pozo
abandonado y se había pasado horas en aquel mínimo espacio, a punto
de ahogarse, hasta que lo rescataron. Desde entonces tenía fobia a los
espacios cerrados, los ascensores, los metros, las pistas de squash. «El
ascensor es un invento perfectamente seguro», se decía siempre a sí
mismo, aunque sin acabar de creérselo. «¡Es una cajita de metal que se
mueve por un canal cerrado!» Aguantando la respiración, se metió
dentro, y cuando las puertas se cerraron notó la descarga de adrenalina
que siempre le invadía en aquellos casos.
«Dos pisos, diez segundos.»
--Usted y el señor Saunière --dijo Fache cuando el ascensor empezó
a moverse--, ¿no habían hablado nunca? ¿No se habían enviado nunca
nada por correo?
Otra pregunta rara.
--No, nunca.
Fache ladeó la cabeza, como tomando nota mental de aquel dato.
Sin decir nada más, clavó la mirada en las puertas cromadas.
Mientras ascendían, Langdon intentaba concentrarse en algo que no
fueran las cuatro paredes que lo rodeaban. En el reflejo de la puerta
brillante, vio el pasador de corbata del capitán: un crucifijo de plata con
trece incrustaciones de ónix negro. Aquel detalle le sorprendió un poco.
Aquel símbolo se conocía como crux gemmata --una cruz con trece
gemas--, y era un ideograma de Cristo con sus doce apóstoles. No sabía
por qué, pero no esperaba que un capitán de la policía francesa hiciera
una profesión tan abierta de su religiosidad. Pero bueno, estaban en
Francia, donde el cristianismo no era tanto una religión como un
patrimonio.
--Es una crux gemmata --dijo de pronto Fache.
Desconcertado, Langdon alzó la vista para ver que, a través del
reflejo, el capitán lo estaba mirando.
El ascensor se detuvo en seco y las puertas se abrieron.
Salió rápidamente al vestíbulo, ansioso por volver al espacio abierto
que proporcionaban los célebres altos techos de las galerías del Louvre.
Sin embargo, el mundo al que accedió no era para nada como esperaba.
Sorprendido, interrumpió la marcha.
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