--La verdad es que no me lo imagino. No se lo pregunté. Me sentí
honrado por tener la ocasión de conocerlo. Soy un admirador de su
trabajo. En mis clases uso muchas veces sus libros.
Fache tomó nota de aquello en su cuaderno.
Los dos hombres se encontraban ahora a medio camino del pasillo
que daba acceso al Ala Denon, y Langdon ya adivinaba las dos escaleras
mecánicas del fondo, inmóviles a aquellas horas.
--¿Y dice que tenían intereses comunes?
--Sí, de hecho he pasado gran parte de este último año preparando
un libro que trata sobre la primera especialidad de Saunière. Y tenía
muchas ganas de saber qué pensaba.
--Ya. ¿Y qué tema es ese?
Langdon vaciló, sin saber muy bien cómo explicárselo.
--En esencia, se trata de un texto sobre la iconografía del culto a las
diosas, del concepto de santidad femenina en el arte y en los símbolos
asociados a ella.
Fache se pasó una mano carnosa por el pelo.
--¿Y Saunière era experto en la materia?
--Más que nadie.
--Ya entiendo.
Pero Langdon tenía la sensación de que no entendía nada. Jacques
Saunière estaba considerado como el mejor iconógrafo mundial
especializado en diosas. No era sólo que sintiera una pasión personal por
conservar piezas relacionadas con la fertilidad y los cultos a las diosas y
la divinidad femenina, sino que durante los veinte años que se mantuvo
en su cargo de conservador, contribuyó a que el Louvre lograra tener la
mayor colección del mundo sobre divinidad femenina: labris, las hachas
dobles pertenecientes a las sacerdotisas del santuario griego más
antiguo de Delfos, caduceos de oro, cientos de cruces ansatas de Ankh
parecidas a ángeles, carracas o sistrum usadas en el antiguo Egipto para
espantar a los malos espíritus, así como una increíble variedad de
esculturas en las que se representaba a Horus amamantado por la diosa
Isis.
--Tal vez Jacques Saunière sabía algo del libro que usted estaba
preparando --aventuró Fache--, y le propuso el encuentro para ofrecerle
su ayuda.
Langdon negó con la cabeza.
--En realidad, no lo sabe nadie. Aún es un borrador, y no se lo he
enseñado a nadie excepto a mi editor.
Fache se quedó en silencio.
Langdon no reveló el motivo por el que aún no se lo había enseñado
a nadie. Aquel borrador de trescientas páginas --provisionalmente
titulado Símbolos de una divinidad femenina perdida--, proponía algunas
interpretaciones muy poco convencionales sobre la iconografía religiosa
aceptada que, sin duda, resultarían controvertidas.

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