--¿Dónde está el personal de seguridad del museo? --preguntó
Langdon.
--En quarantaine --se apresuró a responder Fache, susceptible,
como si creyera que Langdon estaba poniendo en cuestión la integridad
de su equipo--. Está claro que esta noche aquí ha entrado alguien que
no debería haber entrado. Todos los guardas del Louvre están en el ala
Sully y los están interrogando. Mis agentes se han hecho cargo de la
seguridad del museo por esta noche.
Langdon asintió mientras hacía lo posible por no quedarse rezagado.
--¿Conocía bien a Jacques Saunière? --le preguntó el capitán.
--En realidad no lo conocía. No nos habíamos visto nunca.
Fache pareció sorprendido.
--¿El encuentro de esta noche iba a ser el primero?
--Sí, habíamos quedado en vernos durante la recepción que daba la
Universidad Americana después de mi conferencia, pero no se presentó.
Fache anotó algo en un cuadernillo. Sin dejar de caminar, Langdon
se fijó en la pirámide menos conocida del Louvre: la Pyramide Inversée,
una enorme claraboya invertida que colgaba del techo como una
estalactita en la sección contigua del sótano. Fache guió a Langdon hasta
la entrada de un pasadizo con techo abovedado que había al final de un
tramo de escalera y sobre el que un cartel rezaba DENON. El Ala Denon
era la más famosa de las tres secciones principales del museo.
--¿Quién propuso su encuentro de esta noche? --le preguntó Fache
de sopetón--. ¿Usted o él?
La pregunta le pareció rara.
--Saunière --respondió Langdon mientras entraba en el pasadizo--.
Su secretaria se puso en contacto conmigo hace unas semanas por
correo electrónico. Me dijo que el conservador había tenido noticias de
que iba a dar una conferencia en París este mes y que quería tratar un
asunto conmigo aprovechando mi estancia aquí.
--¿Qué asunto?
--No lo sé. Algo relacionado con el arte, supongo. Teníamos
intereses comunes.
Fache parecía escéptico.
--¿Me está diciendo que no tiene ni idea del motivo de su
encuentro?
Langdon lo desconocía. En su momento había sentido curiosidad,
pero no le había parecido procedente insistir. El prestigioso Jacques
Saunière era famoso por su discreción y concedía muy pocas entrevistas.
Langdon se había sentido honrado al brindársele la ocasión de conocerlo.
--Señor Langdon, ¿se le ocurre al menos de qué habría podido
querer tratar la víctima con usted la misma noche en que ha sido
asesinado? A lo mejor nos ayuda saberlo.
Lo directo de la pregunta incomodó a Langdon.
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