Langdon vaciló un instante.
--Sophie, ¿te das cuenta de que si en realidad esto es la clave, el
hecho de que tu abuelo la tuviera en su poder significa que era un
miembro muy destacado del Priorato de Sión? Porque para saber eso
hay que estar entre los cuatro primeros.
Sophie suspiró.
--Era un miembro destacado de una sociedad secreta. De eso no me
cabe duda. Y todo apunta a que era el Priorato.
Langdon tardó en reaccionar.
--¿Sabías que tu abuelo pertenecía a una sociedad secreta?
--Hace diez años vi unas cosas que no debería haber visto. Desde
entonces no nos hemos vuelto a dirigir la palabra. --Hizo una pausa--.
No es que mi abuelo fuera un miembro destacado, es que creo que era
el que tenía el rango más elevado.
Langdon no daba crédito a lo que acababa de oír.
--¿Gran Maestre? ¡Pero es imposible que tú sepas algo así!
--Prefiero no hablar del tema --dijo Sophie apartando la mirada,
decidida a no hablar de algo que claramente le hacía daño.
Langdon seguía anonadado. «¿Jacques Saunière Gran Maestre?» A
pesar de las increíbles repercusiones que podía tener aquello en caso de
ser cierto, Langdon tenía la intuición de que de aquel modo todo
encajaba casi perfectamente. En el fondo, los anteriores Grandes
Maestres del Priorato también habían sido prominentes figuras públicas
con sensibilidad artística. Buena prueba de ello había quedado desvelada
hacía unos años con el descubrimiento, en la Bibliothéque Nationale de
París, de unos papeles que pasaron a conocerse como Les Dossiers
Secrets.
No había historiador especializado en los templarios ni apasionado
del Santo Grial que no los hubiera leído. Catalogados bajo el código 4°
lm1 249, los dossieres secretos habían sido autentificados por numerosos
especialistas, y confirmaban de manera incontrovertible lo que los
historiadores llevaban mucho tiempo sospechando: entre los Grandes
Maestres del Priorato estaban Leonardo da Vinci, Botticelli, Isaac
Newton, Víctor Hugo y, más recientemente, Jean Cocteau, el famoso y
polifacético escritor parisino.
«¿Por qué no podía serlo Jacques Saunière?»
La incredulidad de Langdon volvió a intensificarse al recordar que
esa noche había quedado en reunirse con él. «El Gran Maestre quería
verme. ¿Para qué? ¿Para charlar un rato sobre arte?» De pronto aquella
posibilidad le pareció poco verosímil. Después de todo, si su intuición no
fallaba, el Gran Maestre del Priorato de Sión acababa de transmitir la
información sobre la legendaria clave de su hermandad a su nieta, y a la
vez le había ordenado a ésta que se pusiera en contacto él.
«¡Inconcebible!»
La imaginación de Langdon no bastaba para evocar el conjunto de
circunstancias que permitieran explicar el comportamiento de Saunière.
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