ellos, destacando en la distancia, enmarcada por siete estanques
triangulares de los que brotaban unas fuentes iluminadas.
La Pyramide.
El nuevo acceso al Louvre se había hecho casi tan famoso como el
mismo museo. La polémica y ultramoderna pirámide de cristal diseñada
por I. M. Pei, el arquitecto americano de origen chino, seguía siendo
blanco de burlas de los más puristas, que creían que destrozaba la
sobriedad del patio renacentista. Goethe había definido la arquitectura
como una forma de música congelada, y para sus críticos, la pirámide de
Pei era como una uña arañando una pizarra. Sin embargo, también había
admiradores que elogiaban aquella pirámide de cristal de más de veinte
metros de altura y veían en ella la deslumbrante fusión de las
estructuras antiguas con los nuevos métodos --un vínculo simbólico
entre lo nuevo y lo viejo--, y que acompañaba al Louvre en su viaje
hacia el nuevo milenio.
--¿Le gusta nuestra pirámide? --le preguntó el teniente.
Langdon frunció el ceño. Al parecer, a los franceses les encantaba
preguntar sobre ese particular a los americanos. Se trataba de una
pregunta envenenada, claro, porque admitir que te gustaba te convertía
en un americano de mal gusto, y decir lo contrario era un insulto a los
franceses.
--Mitterrand fue un hombre osado --replicó Langdon, saliéndose por
la tangente.
Se decía que el anterior presidente de Francia, que había encargado
la construcción de la pirámide, tenía «complejo de faraón». Responsable
máximo de haber llenado la ciudad de obeliscos, obras de arte y objetos
procedentes del país del Nilo, Francois Mitterrand sentía una pasión tan
desbocada por la cultura egipcia que sus compatriotas seguían
llamándolo «La Esfinge».
--¿Cómo se llama el capitán? --preguntó Langdon, cambiando de
tema.
--Bezu Fache --dijo el agente mientras acercaba el coche a la
entrada principal de la pirámide--. Pero le llamamos le Taureau.
Langdon le miró, preguntándose si todos los franceses tenían
aquellos extraños epítetos animales.
--¿Llaman «toro» a su jefe?
--Su francés es mejor de lo que admite, monsieur Langdon --
respondió el conductor arqueando las cejas.
«Mi francés es pésimo --pensó--, pero mi iconografía zodiacal es
algo mejor.» Tauro siempre ha sido el toro. La astrología era una
constante simbólica universal.
El coche se detuvo y el agente le señaló el punto entre dos fuentes
tras el que aparecía la gran puerta de acceso a la pirámide.
--Ahí está la entrada. Buena suerte.
--¿Usted no viene?
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