conductor tomó una avenida desolada y fue a dar a un espacio cuadrado
que había más allá. Langdon vio la salida del parque, enmarcada por un
enorme arco de piedra, el Arc du Carrousel.
A pesar de los rituales orgiásticos celebrados antaño en ese lugar,
los amantes del arte lo amaban por otro motivo totalmente distinto.
Desde esa explanada en el extremo de los jardines de las Tullerías se
veían cuatro de los mejores museos del mundo... uno en cada punto
cardinal.
Por la ventanilla de la derecha, en dirección sur, al otro lado del
Sena y del Quai Voltaire, Langdon veía la espectacular fachada iluminada
de la antigua estación de tren que ahora llevaba el nombre de Musée
d'Orsay. A la izquierda se distinguía la parte más alta del ultramoderno
Centro Pompidou, que albergaba el Museo de Arte Moderno. Detrás de
él, hacia el oeste, sabía que el antiguo obelisco de Ramsés se elevaba
por encima de los árboles y señalaba el punto donde se encontraba el
Musée du Jeu de Paume.
Pero era enfrente, hacia el este, pasado el arco, donde ahora
Langdon veía el monolítico palacio renacentista que había acabado
convertido en el centro de arte más famoso del mundo.
El Museo del Louvre.
Langdon notó una emoción que le era familiar cuando intentó
abarcar de una sola mirada todo el edificio. Al fondo de una plaza
enorme, la imponente fachada del Louvre se elevaba como una ciudadela
contra el cielo de París. Construido en forma de herradura, aquel edificio
era el más largo de Europa, y de punta a punta medía tres veces más
que la Torre Eiffel. Ni siquiera los más de tres mil metros cuadrados de
plaza que se extendían entre las dos alas del museo eclipsaban la
majestuosidad y la amplitud de la fachada. En una ocasión, había
recorrido el perímetro entero del edificio, en un sorprendente trayecto de
casi cinco kilómetros de extensión.
A pesar de que se estimaba que un visitante tendría que dedicar
cinco semanas para ver las sesenta y cinco mil trescientas piezas
expuestas en aquel museo, la mayoría de turistas optaban por un
itinerario reducido al que Langdon llamaba «el Louvre light»; una carrera
para ver sus tres obras más famosas: La Mona Lisa, la Venus de Milo y la
Victoria Alada de Samotracia. Art Buchwald, el humorista político, había
presumido en una ocasión de haber visto aquellas tres obras maestras
en tan sólo cinco minutos con cincuenta y seis segundos.
El conductor levantó un walkie-talkie y habló por él en francés a una
velocidad endiablada.
--Monsieur Langdon est arrivé. Deux minutes.
Entre el crepitar del aparato llegó una confirmación ininteligible.
El agente dejó el walkie-talkie y se volvió hacia Langdon.
--Se reunirá con el capitaine en la entrada principal.
Ignoró las señales que prohibían el tráfico rodado en la plaza,
aceleró y enfiló por la pendiente. La entrada principal surgió frente a
14
|
|