cualquier agente de la Interpol podía saber dónde dormía cualquier
visitante. Localizar a Langdon en el Ritz no les habría llevado,
probablemente, más de cinco segundos.
Mientras el Citroën seguía avanzando en dirección sur, apareció a
mano derecha el perfil iluminado de la Torre Eiffel, apuntando hacia el
cielo. Al verla pensó en Vittoria, y recordó la alocada promesa que se
habían hecho hacía un año de encontrarse cada seis meses en algún
lugar romántico del planeta. Langdon sospechaba que la Torre Eiffel
habría formado parte de aquella lista. Era triste pensar que la última vez
que la besó fue en un ruidoso aeropuerto de Roma hacía más de un año.
--¿La ha trepado? --le preguntó el agente, mirando en la misma
dirección.
Langdon alzó la vista, seguro de haberle entendido mal.
--¿Cómo dice?
--Es bonita, ¿verdad? --insistió el teniente señalando la Torre--. ¿La
ha trepado?
Langdon cerró los ojos.
--No, aún no he subido.
--Es el símbolo de Francia. A mí me parece perfecta.
Sonrió, ausente. Los simbologistas solían comentar que Francia --un
país conocido por sus machistas, sus mujeriegos y sus líderes bajitos y
con complejo de inferioridad, como Napoleón o Pipino el Breve-- no
podía haber escogido mejor emblema nacional que un falo de trescientos
metros de altura.
Cuando llegaron a la travesía con la Rué de Rivoli el semáfaro
estaba en rojo, pero el coche no frenó. El agente cruzó la calle y entró a
toda velocidad en un tramo arbolado de la Rué Castiglione y que servía
como acceso norte a los famosos jardines centenarios de las Tullerías, el
equivalente parisiense del Central Park neoyorquino. Eran muchos los
turistas que creían que el nombre hacía referencia a los miles de
tulipanes que allí florecían, pero en realidad la palabra Tullerías --
Tuileries, en francés--, hacía referencia a algo mucho menos romántico.
En otros tiempos, el parque había sido una excavación enorme y
contaminada de la que los contratistas de obras de París extraían barro
para fabricar las famosas tejas rojas de la ciudad, llamadas tuiles.
Al internarse en el parque desierto, el agente apretó algo debajo del
salpicadero y la sirena dejó de sonar. Langdon suspiró, agradeciendo la
calma repentina. Fuera, el resplandor pálido de los faros halógenos del
coche barría el sendero de gravilla y el chirrido de las ruedas entonaba
un salmo hipnótico. Langdon siempre había considerado las Tullerías
como tierra sagrada. Eran los jardines en los que Claude Monet había
experimentado con forma y color, alumbrando literalmente el nacimiento
del Impresionismo. Sin embargo, aquella noche el lugar parecía
extrañamente cargado de malos presagios.
Ahora el Citroën giró a la izquierda, enfilando hacia el oeste por el
bulevar central del parque. Tras bordear un estanque circular, el
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