Sophie pareció decepcionada.
--Yo esperaba que tal vez tú lo supieras.
Langdon no dijo nada y siguió contemplando aquella especie de
crucifijo.
--Parece de inspiración cristiana --insistió Sophie.
Langdon no estaba tan seguro. La empuñadura no formaba la cruz
latina característica del cristianismo, más larga que ancha, sino la
llamada griega, en la que los cuatro brazos tenían la misma longitud, y
que precedía a la cristiana en nada menos que mil quinientos años. Ese
tipo de cruz carecía de todas las connotaciones de crucifixión asociadas a
la latina, ideada por los romanos como instrumento de tortura. A
Langdon nunca dejaba de sorprenderle el escaso número de cristianos
que, al contemplar «el crucifijo», eran conscientes de la historia violenta
de aquel símbolo, que se manifestaba hasta en su propio nombre;
«cruz» y «crucifijo» eran derivaciones del verbo latino «cruciare»,
torturar.
--Sophie --dijo--, lo único que puedo decirte es que las cruces
griegas como esta se consideran símbolos de paz. La idéntica longitud de
sus cuatro brazos las hace poco prácticas para las crucifixiones, y el
equilibrio de sus travesaños horizontal y vertical representa una unión
natural entre lo masculino y lo femenino, por lo que encaja bien con la
filosofía del Priorato.
Sophie le miró con ojos cansados.
--No tienes ni idea, ¿verdad?
Langdon arqueó las cejas.
--Ni idea.
--Bueno, tenemos que dejar de dar vueltas. Nos hace falta un lugar
seguro para poder averiguar qué es lo que abre esta llave.
Langdon pensó con añoranza en su cómoda habitación del Ritz.
Evidentemente, aquella opción estaba descartada.
--¿Y si vamos a ver a los profesores de la Universidad de París que
me han organizado la conferencia?
--Demasiado arriesgado. Fache irá a comprobar que no estemos ahí.
--Tú eres de aquí. Tienes que conocer a gente.
--Fache revisará mi listín telefónico y mi libreta de direcciones de
correo electrónico, y hablará con mis compañeros de trabajo. Mis
contactos no son seguros, y buscar hotel es imposible, porque en todos
piden identificación.
Langdon volvió a preguntarse si no habría sido mejor dejar que
Fache lo detuviera en el Louvre.
--Llamemos a la embajada. Les explico la situación y les pido que
envíen a alguien a buscarnos.
--¿Buscarnos? --Sophie se volvió y lo miró como si estuviera loco.
--Robert, estás soñando. La embajada no tiene jurisdicción más que
dentro de los límites de su recinto. Si enviaran a alguien a recogernos se
consideraría asistencia a un fugitivo de la justicia francesa. No lo harán.
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