--Le ha hecho un gran servicio al Señor. Llevamos siglos esperando
este momento. Ahora debe traerme la piedra. Esta noche. Estoy seguro
de que entiende todo lo que está en juego.
Silas sabía que era incalculable, y aun así lo que le pedía El Maestro
le parecía imposible.
--Pero es que la iglesia es una fortaleza. Y más de noche. ¿Cómo
voy a entrar?
Con la seguridad propia del hombre influyente que era, El Maestro le
explicó cómo debía hacerlo.


Cuando Silas colgó, era presa de una impaciencia inenarrable.
«Una hora», se dijo a sí mismo, agradecido de que El Maestro le
hubiera concedido tiempo para hacer penitencia antes de entrar en la
casa de Dios. «Debo purgar mi alma de los pecados de hoy.» Las
ofensas contra el Señor que había cometido ese día tenían un propósito
sagrado. Hacía siglos que se perpetraban actos de guerra contra los
enemigos de Dios. Su perdón estaba asegurado.
Pero Silas sabía que la absolución exigía sacrificio.
Cerró las persianas, se desnudó y se arrodilló en medio del cuarto.
Bajó la vista y examinó el cilicio que le apretaba el muslo. Todos los
seguidores verdaderos de Camino llevaban esa correa de piel salpicada
de púas metálicas que se clavaban en la carne como un recordatorio
perpetuo del sufrimiento de Cristo. Además, el dolor que causaba servía
también para acallar los deseos de la carne.
Aunque ya hacia más de dos horas que Silas llevaba puesto el cilicio,
que era el tiempo mínimo exigido, sabía que aquel no era un día
cualquiera. Agarró la hebilla y se lo apretó un poco más, sintiendo que
las púas se le hundían en la carne. Expulsó aire lentamente, saboreando
aquel ritual de limpieza que le ofrecía el dolor.
«El dolor es bueno», susurró Silas, repitiendo el mantrá sagrado del
Padre Josemaría Escrivá, El Maestro de todos los Maestros. Aunque había
muerto en 1975, su saber le había sobrevivido, y sus palabras aún las
pronunciaban entre susurros miles de siervos devotos en todo el mundo
cuando se arrodillaban y se entregaban a la práctica sagrada conocida
como «mortificación corporal».
Ahora Silas centró su atención en la cuerda de gruesos extremos
anudados que tenía en el suelo, junto a él. «La Disciplina.» Los nudos
estaban recubiertos de sangre reseca. Impaciente por recibir los efectos
purificadores de su propia agonía, Silas dijo una breve oración y acto
seguido, agarrando un extremo de la cuerda, cerró los ojos y se azotó
con ella por encima del hombro, notando que los nudos le golpeaban la
espalda. Siguió azotándose una y otra vez.
Castigo corpus meum.
Al cabo de un rato, empezó a sangrar.
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