Pero ésta sólo le devolvía ruido.
--«No transmite», constató Sophie, recordando que los turistas con
teléfonos móviles se desesperaban cuando intentaban llamar a sus casas
para pavonearse de que estaban frente a la Mona Lisa. El cableado de
seguridad especial que recorría las paredes hacía materialmente
imposible establecer comunicación desde dentro; había que salir al
pasillo. Ahora el guardia ya estaba cerca de la puerta, y Sophie sabía
que tenía que hacer algo deprisa.
Mirando la pintura tras la que se ocultaba parcialmente, se dio
cuenta de que Leonardo da Vinci estaba a punto de acudir en su ayuda
por segunda vez aquella noche.


«Unos metros más», Grouard se decía a sí mismo con el arma bien
levantada.
--Arretez! Ou je la détruis! --La voz de la mujer reverberó en la
sala.
Grouard la miró y se detuvo en seco.
--¡Dios mío, no!
A través de la penumbra rojiza, vio que la mujer había arrancado el
cuadro de los cables que lo sujetaban y lo había apoyado en el suelo,
delante de ella. Su metro y medio de altura casi le ocultaba el cuerpo por
completo. La primera reacción de Grouard fue de sorpresa al constatar
que los sensores del cuadro no habían activado las alarmas, pero al
momento cayó en la cuenta de que aún no habían reprogramado el
sistema de seguridad aquella noche. «¿Pero qué está haciendo?»
Cuando lo vio, se le heló la sangre.
El lienzo se arqueó por el centro, y las imágenes de la Virgen María,
el Niño Jesús y San Juan Bautista empezaron a distorsionarse
--¡No! --gritó Grouard, horrorizado al ver que aquel Leonardo de
incalculable valor se torcía. La mujer seguía empujando la rodilla en el
centro del cuadro.
--¡No!
Grouard se volvió y le apuntó con la pistola, pero al momento se dio
cuenta de que su amenaza era inútil. Aunque la pintura era sólo un trozo
de tela, los seis millones de dólares en que estaba tasada la convertían
en un impenetrable chaleco antibalas.
«¡No puedo disparar contra un Leonardo!»
--Deje el arma y la radio en el suelo --dijo la mujer con voz
pausada--, o romperé el cuadro con la rodilla. Ya sabe qué pensaría mi
abuelo de una cosa así.
Grouard se sentía confuso y aturdido.
--¡Por favor, no, es La Virgen de las rocas! Dejó la pistola y la radio
y levantó las manos por encima de la cabeza.
--Gracias --dijo la mujer--. Ahora haga exactamente lo que le diga y
todo irá bien.
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