Aquella noche, al fin, Silas había sentido que estaba empezando a
pagar la deuda que había contraído. Se acercó deprisa a la cómoda y
buscó el teléfono móvil en el último cajón. Marcó un número.
--¿Diga? --respondió una voz masculina.
--Maestro, he vuelto.
--Hable --ordenó su interlocutor, alegrándose de tener noticias
suyas.
--Los cuatro han desaparecido. Los tres senescales... y también el
Gran Maestre.
Se hizo un breve silencio como de oración.
--En ese caso, supongo que está en poder de la información.
--Los cuatro coincidieron. De manera independiente.
--¿Y usted les creyó?
--Su acuerdo era tan total que no podía deberse a la casualidad.
Se oyó un suspiro de entusiasmo.
--Magnífico. Tenía miedo de que su fama de secretismo acabara
imponiéndose.
--La perspectiva de la muerte condiciona mucho.
--Y bien, discípulo, dígame lo que debo saber.
Silas era consciente de que la información que había sonsacado a
sus víctimas sería toda una sorpresa.
--Maestro, los cuatro han confirmado la existencia de la clef de
voûte... la legendaria «clave de bóveda».
Oyó la respiración emocionada de su Maestro al otro lado de la línea.
--La clave. Tal como sospechábamos.
Según la tradición, la hermandad había creado un mapa de piedra --
una clef de voûte o clave de bóveda--, una tablilla en la que estaba
grabado el lugar donde reposaba el mayor secreto de la orden... una
información tan trascendental que su custodia justificaba por sí misma la
existencia de aquella organización.
--Cuando nos hagamos con la clave --dijo El Maestro--, ya sólo
estaremos a un paso.
--Estamos más cerca de lo que cree. La piedra, o clave, está aquí,
en París.
--¿En París? Increíble. Parece casi demasiado fácil.
Silas le relató los sucesos de aquella tarde, el intento desesperado
de sus cuatro víctimas por salvar sus vidas vacías de Dios revelándole el
secreto. Los cuatro le habían contado a Silas exactamente lo mismo, que
la piedra estaba ingeniosamente oculta en un lugar concreto de una de
las antiguas iglesias parisinas: la de Saint-Sulpice.
--¡En una casa de Dios! --exclamó El Maestro--. ¡Cómo se mofan de
nosotros!
--Llevan siglos haciéndolo.
El Maestro se quedó en silencio, asimilando el triunfo de aquel
instante.
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