La casa de los espíritus
Isabel Allende
dormido. Sintió que las alamedas imprecisas, los trigales dorados y los lejanos cerros
morados perdiéndose en el cielo translúcido de la mañana, eran un recuerdo antiguo
en su memoria, algo que había visto antes exactamente así y que ese instante ya lo
había vivido. La finísima llovizna de la noche había empapado la tierra y los árboles,
sintió la ropa ligeramente húmeda y los zapatos fríos. Respiró el perfume de la tierra
mojada, de las hojas podridas, del humus, que despertaba un placer desconocido en
sus sentidos.
Blanca llegó hasta el río y vio a su amigo de la infancia sentado en el sitio donde
tantas veces se habían dado cita. En ese año, Pedro Tercero no había crecido como
ella, sino que seguía siendo el mismo niño delgado, panzudo y moreno, con una sabia
expresión de anciano en sus ojos negros. Al verla, se puso de pie y ella calculó que
medía media cabeza más que él. Se miraron desconcertados, sintiendo por primera
vez que eran casi dos extraños. Por un tiempo que pareció infinito, se quedaron
inmóviles, acostumbrándose a los cambios y a las nuevas distancias, pero entonces
trinó un gorrión y todo volvió a ser como el verano anterior. Volvieron a ser dos niños
que corren, se abrazan y ríen, caen al suelo, se revuelcan, se estrellan contra los
guijarros murmurando sus nombres incansablemente, dichosos de estar juntos una vez
más. Por fin se calmaron. Ella tenía el pelo lleno de hojas secas, que él quitó una por
una.
-Ven, quiero mostrarte algo -dijo Pedro Tercero.
La llevó de la mano. Caminaron, saboreando aquel amanecer del mundo,
arrastrando los pies en el barro, recogiendo tallos tiernos para chuparles la savia
mirándose y sonriendo, sin hablar, hasta que llegaron a un potrero lejano. El sol
aparecía por encima del volcán, pero el día aún no terminaba de instalarse y la tierra
bostezaba. Pedro le indicó que se tirara al suelo y guardara silencio. Reptaron
acercándose a unos matorrales, dieron un corto rodeo y entonces Blanca la vio. Era
una hermosa yegua baya, dando a luz, sola en la colina. Los niños inmóviles,
procurando que no se oyera ni su respiración, la vieron jadear y esforzarse hasta que
apareció la cabeza del potrillo y luego, después de un largo tiempo, el resto del cuerpo.
El animalito cayó a tierra y la madre comenzó a lamerlo, dejándolo limpio y brillante
como madera encerada, animándolo con el hocico para que intentara pararse. El
potrillo trató de ponerse en pie, pero se le doblaban sus frágiles patas de recién nacido
y se quedó echado, mirando a su madre con aire desvalido, mientras ella relinchaba
saludando al sol de la mañana. Blanca sintió la felicidad estallando en su pecho y
brotando en lágrimas de sus ojos.
-Cuando sea grande, me voy a casar contigo y vamos a vivir aquí, en Las Tres
Marías -dijo en un susurro.
Pedro se la quedó mirando con expresión de viejo triste y negó con la cabeza. Era
todavía mucho más niño que ella, pero ya conocía su lugar en el mundo. También
sabía que amaría a aquella niña durante toda su existencia, que ese amanecer
perduraría en su recuerdo y que sería lo último que vería en el momento de morir.
Ese verano lo pasaron oscilando entre la infancia, que aún los retenía, y el despertar
del hombre y de la mujer. Por momentos corrían como criaturas, soliviantando gallinas
y alborotando vacas, se hartaban de leche tibia recién ordeñada y les quedaban
bigotes de espuma, se robaban el pan salido del horno, trepaban a los árboles para
construir casitas arbóreas. Otras veces se escondían en los lugares más secretos y
tupidos del bosque, hacían lechos de hoja y jugaban a que estaban casados,
acariciándose hasta la extenuación. No habían perdido la inocencia para quitarse la
ropa sin curiosidad y bañarse desnudos en el río, como lo habían hecho siempre,
zambulléndose en el agua fría y dejando que la corriente los arrastrara sobre las
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