La casa de los espíritus
Isabel Allende
mesa, llegaban en procesión y se lo zampaban. Pedro Segundo García las combatió
con agua y fuego y enterró esponjas empapadas en miel de abejas, para que se
juntaran atraídas por el dulce y poderlas matar a mansalva, pero todo fue inútil.
Esteban Trueba se fue al pueblo y regresó cargado con pesticidas de todas las marcas
conocidas, en polvo, en líquido y en píldoras y echó tanto por todos lados, que no se
podían comer las verduras porque daban retorcijones de barriga. Pero las hormigas
siguieron apareciendo y multiplicándose, cada día más insolentes y decididas. Esteban
se fue otra vez al pueblo y puso un telegrama a la capital. Tres días después
desembarcó en la estación míster Brown, un gringo enano, provisto de una maleta
misteriosa, que Esteban presentó como técnico agrícola experto en insecticidas.
Después de refrescarse con una jarra de vino con frutas, desplegó su maleta sobre la
mesa. Extrajo un arsenal de instrumentos nunca vistos y procedió a coger una hormiga
y observarla detenidamente con un microscopio.
-¿Qué le mira tanto, míster, si son todas iguales? -dijo Pedro Segundo García.
El gringo no le contestó. Cuando acabó de identificar la raza, el estilo de vida, la
ubicación de sus madrigueras, sus hábitos y hasta sus más secretas intenciones, había
pasado una semana y las hormigas se estaban metiendo en las camas de los niños, se
habían comido las reservas de alimento para el invierno y comenzaban a atacar a los
caballos y a las vacas. Entonces míster Brown explicó que había que fumigarlas con un
producto de su invención que volvía estériles a los machos, con lo cual dejaban de
multiplicarse y luego debían rociarlas con otro veneno, también de su invención, que
provocaba una enfermedad mortal en las hembras, y eso, aseguró, acabaría con el
problema.
-¿En cuánto tiempo? -preguntó Esteban Trueba que de la impaciencia estaba
pasando a la furia.
-Un mes -dijo míster Brown.
-Para entonces ya se habrán comido hasta los humanos, míster
-dijo Pedro Segundo García-. Si me lo permite, patrón, voy a llamar a mi padre.
Hace tres semanas que me está diciendo que él conoce un remedio para la plaga. Yo
creo que son cosas de viejo, pero no perdemos nada con probar.
Llamaron al viejo Pedro García, que llegó arrastrando sus pies, tan oscuro,
empequeñecido y desdentado, que Esteban se sobresaltó al comprobar el paso del
tiempo. El viejo escuchó con el sombrero en la mano, mirando el suelo y masticando el
aire con sus encías desnudas. Después pidió un pañuelo blanco, que Férula le trajo del
armario de Esteban, y salió de la casa, cruzó el patio y se fue derecho al huerto,
seguido por todos los habitantes de la casa y por el enano extranjero, que sonreía con
desprecio, ¡estos bárbaros, oh God! El anciano se encuclilló con dificultad y comenzó a
juntar hormigas. Cuando tuvo un puñado, las puso dentro del pañuelo, anudó las
cuatro puntas y metió el atadito en su sombrero.
-Les voy a mostrar el camino, para que se vayan, hormigas, y para que se lleven a
las demás -dijo.
El viejo se subió en un caballo y se fue al paso murmurando consejos y
recomendaciones para las hormigas, oraciones de sabiduría y fórmulas de
encantamiento. Lo vieron alejarse rumbo al límite de la propiedad. El gringo se sentó
en el suelo a reírse como un enajenado, hasta que Pedro Segundo García lo sacudió.
-Vaya a reírse de su abuela, míster, mire que el viejo es mi padre -le advirtió.
Al atardecer regresó Pedro García. Desmontó lentamente, dijo al patrón que había
puesto a las hormigas en la carretera y se fue a su casa. Estaba cansado. A la mañana
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