La casa de los espíritus
Isabel Allende
Nívea le prohibió que siguiera asustando a su hija. Se dio cuenta que el estado de
turbación aumentaba sus poderes mentales y producía desorden entre los aparecidos
que rondaban a la niña. Además, aquel desfile de personajes truculentos estaba
destrozando el sistema nervioso a Barrabás, que nunca tuvo buen olfato y era incapaz
de reconocer a la Nana debajo de sus disfraces. El perro comenzó a orinarse sentado,
dejando a su alrededor un inmenso charco y con frecuencia le crujían los dientes. Pero
la Nana aprovechaba cualquier descuido de la madre para persistir en sus intentos de
curar la mudez con el mismo remedio con que se quita el hipo.
Retiraron a Clara del colegio de monjas donde se habían educado todas las
hermanas Del Valle y le pusieron profesores en la casa. Severo hizo traer de Inglaterra
a una institutriz, miss Agatha, alta, toda ella de color ámbar y con grandes manos de
albañil, pero no resistió el cambio de clima, la comida picante y el vuelo autónomo del
salero desplazándose sobre la mesa del comedor, y tuvo que regresar a Liverpool. La
siguiente fue una suiza que no tuvo mejor suerte y la francesa, que llegó gracias a los
contactos del embajador de ese país con la familia, resultó ser tan rosada, redonda y
dulce, que quedó encinta a los pocos meses y, al hacer las averiguaciones del caso, se
supo que el padre era Luis, hermano mayor de Clara. Severo los casó sin preguntarles
su opinión y, contra todos los pronósticos de Nívea y sus amigas, fueron muy felices.
En vista de estas experiencias, Nívea convenció a su marido de que aprender idiomas
extranjeros no era importante para una criatura con habilidades telepáticas y que era
mucho mejor insistir con las clases de piano y enseñarle a bordar.
La pequeña Clara leía mucho. Su interés por la lectura era indiscriminado y le daban
lo mismo los libros mágicos de los baúles encantados de su tío Marcos, que los
documentos del Partido Liberal que su padre guardaba en su estudio. Llenaba
incontables cuadernos con sus anotaciones privadas, donde fueron quedando
registrados los acontecimientos de ese tiempo, que gracias a eso no se perdieron
borrados por la neblina del olvido, y ahora yo puedo usarlos para rescatar su memoria.
Clara clarividente conocía el significado de los sueños. Esta habilidad era natural en
ella y no requería los engorrosos estudios cabalísticos que usaba el tío Marcos con más
esfuerzo y menos acierto. El primero en darse cuenta de eso fue Honorio, el jardinero
de la casa, que soñó un día con culebras que andaban entre sus pies y que, para
quitárselas de encima, les daba de patadas hasta que conseguía aplastar a diecinueve.
Se lo contó a la niña mientras podaba las rosas, sólo para entretenerla, porque la
quería mucho y le daba lástima que fuera muda. Clara sacó la pizarrita del bolsillo de
su delantal y escribió la interpretación del sueño de Honorio : tendrás mucho dinero, te
durará poco, lo ganarás sin esfuerzo, juega al diecinueve. Honorio no sabía leer, pero
Nívea le leyó el mensaje entre burlas y risas. El jardinero hizo lo que le decían y se
ganó ochenta pesos en una timba clandestina que había d etrás de una bodega de
carbón. Se los gastó en un traje nuevo, una borrachera memorable con todos sus
amigos y una muñeca de loza para Clara. A partir de entonces la niña tuvo mucho
trabajo descifrando sueños a escondidas de su madre, porque cuando se supo la
historia de Honorio iban a preguntarle qué quería decir volar sobre una torre con alas
de cisne; ir en una barca a la deriva y que cante una sirena con voz de viuda; que
nazcan dos gemelos pegados por la espalda, cada uno con una espada en la mano, y
Clara anotaba sin vacilar en la pizarrita que la torre es la muerte y el que vuela por
encima se salvará de morir en un accidente, el que naufraga y escucha a la sirena
perderá su trabajo y pasará penurias, pero lo ayudará una mujer con la que hará un
negocio; los gemelos son marido y mujer forzados en un mismo destino, hiriéndose
mutuamente con golpes de espada.
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