La casa de los espíritus
Isabel Allende




Las Tres Marías
Capítulo II




En el comedor de su casa, entre muebles anticuados y maltrechos que en un pasado
lejano fueron buenas piezas victorianas, Esteban Trueba cenaba con su hermana
Férula la misma sopa grasienta de todos los días y el mismo pescado desabrido de
todos los viernes. Eran servidos por la empleada que los había atendido toda la vida,
en la tradición de esclavos a sueldo de entonces. La vieja mujer iba y venía entre la
cocina y el comedor, agachada y medio ciega, pero todavía enérgica, llevando y
trayendo las fuentes con solemnidad. Doña Ester Trueba no acompañaba a sus hijos en
la mesa. Pasaba las mañanas inmóvil en su silla mirando por la ventana el quehacer de
la calle y viendo cómo el transcurso de los años iba deteriorando el barrio que en su
juventud fue distinguido. Después del almuerzo la trasladaban a su cama,
acomodándola para que pudiera estar medio sentada, única posición que le permitía la
artritis, sin más compañía que las lecturas piadosas de sus libritos píos de vidas y
milagros de los santos. Allí permanecía hasta el día siguiente, en que volvía a repetirse
la misma rutina. Su única salida a la calle era para asistir a la misa del domingo en la
iglesia de San Sebastián, a dos cuadras de la casa, donde la llevaban Férula y la
empleada en su silla de ruedas.
Esteban terminó de escarbar la carne blancuzca del pescado entre la maraña de
espinas y dejó los cubiertos en el plato. Se sentaba rígidamente, igual como caminaba,
muy erguido, con la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás y un poco ladeada,
mirando de reojo, con una mezcla de altanería, desconfianza y miopía. Ese gesto
habría sido desagradable si sus ojos no hubieran sido sorprendentemente dulces y
claros. Su postura, tan tiesa, era más propia de un hombre grueso y bajo que quisiera
aparecer más alto, pero él medía un metro ochenta y era muy delgado. Todas las
líneas de su cuerpo eran verticales y ascendentes, desde su afilada nariz aguileña y
sus cejas en punta, hasta la alta frente coronada por una melena de león que peinaba
hacia atrás. Era de huesos largos y manos de dedos espatulados. Caminaba a grandes
trancos, se movía con energía y parecía muy fuerte, sin carecer, sin embargo, de
cierta gracia en los gestos. Tenía un rostro muy armonioso, a pesar del gesto adusto y
sombrío y su frecuente expresión de mal humor. Su rasgo predominante era el mal
genio y la tendencia a ponerse violento y perder la cabeza, característica que tenía
desde la niñez, cuando se tiraba al suelo, con la boca llena de espuma, sin poder
respirar de rabia, pataleando como un endemoniado. Habla que zambullirlo en agua
helada para que recuperara el control. Más tarde aprendió a dominarse, pero le quedó
a lo largo de la vida aquella ira siempre pronta, que requería muy poco estímulo para
aflorar en ataques terribles.
-No voy a volver a la mina -dijo.
Era la primera frase que intercambiaba con su hermana en la mesa. Lo había
decidido la noche anterior, al darse cuenta que no tenía sentido seguir haciendo vida
de anacoreta en busca de una riqueza rápida. 'Iénía la concesión de la mina por dos
años más, tiempo suficiente para explotar bien el maravilloso filón que había
descubierto, pero pensaba que aunque el capataz le robara un poco, o no supiera
trabajarla como lo haría él, no tenía ninguna razón para ir a enterrarse en el desierto.

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