La casa de los espíritus
Isabel Allende
quedado presente en las generaciones posteriores. Ése fue el primero de muchos actos
de violencia que marcaron el destino de la familia.
Me acuerdo perfectamente. Ése había sido un día muy feliz para mí, porque había
aparecido una nueva veta, la gorda y maravillosa veta que había perseguido durante
todo ese tiempo de sacrificio, de ausencia y de espera, y que podría representar la
riqueza que yo deseaba. Estaba seguro que en seis meses tendría suficiente dinero
para casarme y en un año podría empezar a considerarme un hombre rico. Tuve
mucha suerte porque, en el negocio de las minas, eran más los que se arruinaban que
los que triunfaban, como estaba diciendo, escribiendo, a Rosa esa tarde, tan eufórico,
tan impaciente, que se me trababan los dedos en la vieja máquina y me salían las
palabras pegadas. En eso estaba cuando oí los golpes en la puerta que me cortaron la
inspiración para siempre. Era un arriero con un par de mu,as, que traía un telegrama
del pueblo, enviado por mi hermana Férula, anunciándomela muerte de Rosa.
Tuve que leer el trozo de papel tres veces hasta comprender la magnitud de mi
desolación. La única idea que no se me había ocurrido era que Rosa fuese mortal. Sufrí
mucho pensando que ella, aburrida de esperarme, decidiera casarse con otro, o que
nunca aparecería el maldito filón que pusiera una fortuna en mis manos, o que se
desmoronara la mina aplastándome como una cucaracha. Contemplé todas esas
posibilidades y algunas más, pero nunca la muerte de Rosa, a pesar de mi proverbial
pesimismo, que me hace siempre esperar lo peor. Sentí que sin Rosa la vida no tenía
significado para mí. Me desinflé por dentro, como un globo pinchado, se me fue todo el
entusiasmo. Me quedé sentado en la silla mirando el desierto por la ventana, quién
sabe por cuánto rato, hasta que lentamente me volvió el alma al cuerpo. Mi primera
reacción fue de ira. Arremetí a golpes contra los débiles tabiques de madera de la casa
hasta que me sangraron, los nudillos, rompí en mil pedazos las cartas, los dibujos de
Rosa y las copias de las cartas mías que había guardado, metí apresuradamente en
mis maletas mi ropa, mis papeles y la bolsita de lona donde estaba el oro y luego fui a
buscar al capataz para entregarle los jornales de los trabajadores y las llaves de la
bodega. El arriero se ofreció para acompañarme hasta el tren. Tuvimos que viajar una
buena parte de l noche a lomo de las bestias, con mantas de Castilla como único
a
abrigo contra la camanchaca, avanzando con lentitud en aquellas interminables
soledades donde sólo el instinto de mi guía garantizaba que llegaríamos a destino,
porque no había ningún punto de referencia. La noche estaba clara y estrellada, sentía
el frío traspasándome los huesos, agarrotándome las manos, metiéndoseme en el
alma. Iba pensando en Rosa y deseando con una vehemencia irracional que no fuera
verdad su muerte, pidiendo al cielo con desesperación que todo fuera un error o que,
reanimada por la fuerza de mi amor, recuperara la vida y se levantara de su lecho de
muerte, como Lázaro. Iba llorando por dentro, hundido en mi pena y en el hielo de la
noche, escupiendo blasfemias contra la mula que andaba tan despacio, contra Férula,
portadora de desgracias, contra Rosa por haberse muerto y contra Dios por haberlo
permitido, hasta que empezó a aclarar el horizonte y vi desaparecer las estrellas y
surgir los primeros colores del alba, tiñendo de rojo y naranja el paisaje del Norte y,
con la luz, me volvió algo de cordura. Empecé a resignarme a mi desgracia y a pedir,
no ya que resucitara, sino tan sólo que yo alcanzara a llegar a tiempo para verla antes
que la enterraran. Apuramos el tranco y una hora más tarde el arriero se despidió de
mí en la minúscula estación por donde pasaba el tren de trocha angosta que unía al
mundo civilizado con ese desierto donde pasé dos años.
Viajé más de treinta horas sin detenerme ni para comer, olvidado hasta de la sed,
pero conseguí llegar a la casa de la familia Del Valle antes del funeral. Dicen que entré
a la casa cubierto de polvo, sin sombrero, sucio y barbudo, sediento y furioso,
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