La casa de los espíritus
Isabel Allende
A mediodía comenzó el desfile de familiares, amigos y conocidos a dar el pésame y
acompañar a los Del Valle en su duelo. Se presentaron en la casa hasta sus más
encarnizados enemigos políticos y a todos Severo del Valle los observó fijamente,
procurando descubrir en cada par de ojos que veía, el secreto del asesino, pero en
todos, incluso en el presidente del Partido Conservador, vio el mismo pesar y la misma
inocencia.
Durante el velorio, los caballeros circulaban por los salones y corredores de la casa,
comentando en voz baja sus asuntos de negocios. Guardaban respetuoso silencio
cuando se aproximaba alguien de la familia. En el momento de entrar al comedor y
acercarse al ataúd para dar una última mirada a Rosa, todos se estremecían, porque
su belleza no había hecho más que aumentar en esas horas. Las señoras pasaban al
salón, donde ordenaron las sillas de la casa formando un círculo. Allí había comodidad
para llorar a gusto, desahogando con el buen pretexto de la muerte ajena, otras
tristezas propias. El llanto era copioso, pero digno y callado. Algunas murmuraban
oraciones en voz baja. Las empleadas de la casa circulaban por los salones y los
corredores ofreciendo tazas de té, copas de coñac, pañuelos limpios para las mujeres,
confites caseros y pequeñas compresas empapadas en amoníaco, para las señoras que
sufrían mareos por el encierro, el olor de las velas y la pena. Todas las hermanas Del
Valle, menos Clara, que era todavía muy joven, estaban vestidas de negro riguroso,
sentadas alrededor de su madre como una ronda de cuervos. Nívea, que había llorado
todas sus lágrimas, se mantenía rígida sobre su silla, sin un suspiro, sin una palabra y
sin el alivio del amoníaco porque le daba alergia. Los visitantes que llegaban, pasaban
a darle el pésame. Algunos la besaban en ambas mejillas, otros la abrazaban
estrechamente por unos segundos, pero ella parecía no reconocer ni a los más íntimos.
Había visto morir a otros hijos en la primera infancia o al nacer, pero ninguno le
produjo la sensación de pérdida que tenía en ese momento.
Cada hermano despidió a Rosa con un beso en su frente helada, menos Clara, que
no quiso aproximarse al comedor. No insistieron, porque conocían su extrema
sensibilidad y su tendencia a caminar sonámbula cuando se le alborotaba la
imaginación. Se quedó en el jardín acurrucada al lado de Barrabás, negándose a
comer o a participar en el velorio. Sólo la Nana se fijó en ella y trató de consolarla,
pero Clara la rechazó.
A pesar de las precauciones que tomó Severo para acallar las murmuraciones, la
muerte de Rosa fue un escándalo público. El doctor Cuevas ofreció, a quien quiso oírlo,
la explicación perfectamente razonable de la muerte de la joven, debida, según él, a
una neumonía fulminante. Pero se corrió la voz de que había sido envenenada por
error, en vez de su padre. Los asesinatos políticos eran desconocidos en el país en
esos tiempos y el veneno, en cualquier caso, era un recurso de mujerzuelas, algo
desprestigiado y que no se usaba desde la época de la Colonia, porque incluso los
crímenes pasionales se resolvían cara a cara. Se elevó un clamor de protesta por el
atentado y antes que Severo pudiera evitarlo, salió la noticia publicada en un periódico
de la oposición, acusando veladamente a la oligarquía y añadiendo que los
conservadores eran capaces hasta de eso, porque no podían perdonar a Severo del
Valle que, a pesar de su clase social, se pasara al bando liberal. La policía trató de
seguir la pista a la garrafa de aguardiente, pero lo único que se aclaró fue que no tenía
el mismo origen que el cerdo relleno con perdices y que los electores del Sur no tenían
nada que ver en el asunto. La misteriosa garrafa fue encontrada por casualidad en la
puerta de servicio de la casa Del Valle el mismo día y a la misma hora de la llegada del
cerdo asado. La cocinera supuso que era parte del mismo regalo. Ni el celo de la
policía, ni las pesquisas que realizó Severo por su cuenta a través de un detective
privado, pudieron descubrir a los asesinos y la sombra de esa venganza pendiente ha
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