La casa de los espíritus
Isabel Allende



prometía hacerles llegar la criatura por la puerta principal, puesto que ni el más tímido
embajador se rehusaría a ello, las madres se negaban a dejarlos atrás, de modo que al
final también a los niños había que tirarlos por encima de los muros o descolgarlos por
las rejas. Al poco tiempo todas las embajadas estaban erizadas de púas y
ametralladoras y fue imposible seguir tomándolas por asalto, pero otras necesidades la
mantuvieron ocupada.
Fue Amanda quien la puso en contacto con los curas. Las dos amigas se juntaban
para hablar en susurros de Miguel, a quien ninguna había vuelto a ver, y para recordar
a Jaime con una nostalgia sin lágrimas, porque no había una prueba oficial de su
muerte y el deseo que ambas tenían de volver a verlo era más fuerte que el relato del
soldado. Amanda había vuelto a fumar compulsivamente, le temblaban mucho las
manos y se le extraviaba la mirada. A veces tenía las pupilas dilatadas y se movía con
torpeza, pero seguía trabajando en el hospital. Le contó que a menudo atendía a gente
que traían desmayada de hambre.
-Las familias de los presos, los desaparecidos y los muertos no tienen nada para
comer. Los cesantes tampoco. Apenas un plato de mazamorra cada dos días. Los niños
se duermen en la escuela, están desnutridos.
Agregó que el vaso de leche y las galletas que antes recibían diariamente todos los
escolares, se habían suprimido y que las madres callaban el hambre de sus hijos con
agua de té.
-Los únicos que hacen algo para ayudar son los curas -explicó Amanda-. La gente no
quiere saber la verdad. La Iglesia ha organizado comedores para dar un plato diario,
de comida seis veces por semana, a los menores de siete años. No es suficiente, claro.
Por cada niño que come una vez al día un plato de lentejas o de patatas, hay cinco que
se quedan afuera mirando, porque no alcanza para todos.
Alba comprendió que habían retrocedido a la antigüedad, cuando su abuela Clara iba
al Barrio de la Misericordia a reemplazar la justicia con la caridad. Sólo que ahora la
caridad era mal vista. Comprobó que cuando recorría las casas de sus amistades para
pedir un paquete de arroz o un tarro de leche en polvo, no se atrevían a negárselo la
primera vez, pero luego la eludían. Al principio Blanca la ayudó. Alba no tuvo dificultad
en obtener la llave de la despensa de su madre, con el argumento de que no había
necesidad de acaparar harina vulgar y porotos de pobre, si se podía comer centolla del
mar Báltico y chocolate suizo, con lo que pudo abastecer los comedores de los curas
por un tiempo que, de todos modos, le pareció muy breve. Un día llevó a su madre a
uno de los comedores. Al ver el largo mostrador de madera sin pulir, donde una doble
fila de niños con ojos suplicantes esperaba que les dieran su ración, Blanca se puso a
llorar y cayó en la cama por dos días con jaqueca. Habría seguido lamentándose si su
hija no la obliga a vestirse, olvidarse de sí misma y conseguir ayuda, aunque fuera
robando al abuelo del presupuesto familiar. El senador Trueba no quiso oír hablar del
asunto, tal como hacía la gente de su clase, y negó el hambre con la misma tenacidad
con que negaba a los presos y a los torturados, de modo que Alba no pudo contar con
él y más tarde, cuando tampoco pudo contar con su madre, debió recurrir a métodos
más drásticos. Lo más lejos que llegaba el abuelo era al Club. No andaba por el centro
y mucho menos se acercaba a la periferia de la ciudad o a las poblaciones marginales.
No le costó nada creer que las miserias que relataba su nieta eran patrañas de los
marxistas.
-¡Curas comunistas! -exclamó-. ¡Era lo último que me faltaba oír!
Pero cuando comenzaron a llegar a todas horas los niños y las mujeres a pedir a las
puertas de las casas, no dio orden de cerrar las rejas y las persianas para no verlos,

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