La casa de los espíritus
Isabel Allende



después estaba de regreso con una expresión de horror que transformaba su
rubicundo rostro de fauno en una máscara pálida que no le abandonó durante todo ese
terrible asunto. Se dirigió a Severo, lo tomó de un brazo y lo llevó aparte.
-En ese aguardiente había suficiente veneno como para reventar a un toro -le dijo a
boca de jarro-. Pero para estar seguro de que eso fue lo que mató a la niña, tengo que
hacer una autopsia.
-¿Quiere decir que la va a abrir? -gimió Severo.
-No completamente. La cabeza no se la voy a tocar, sólo el sistema digestivo
-explicó el doctor Cuevas.
Severo sufrió una fatiga.
A esa hora Nívea estaba agotada de llorar, pero cuando se enteró de que pensaban
llevarse a su hija a la morgue, recuperó de golpe la energía. Sólo se calmó con el
juramento de que se llevarían a Rosa directamente de la casa al Cementerio Católico.
Entonces aceptó tomarse el láudano que le dio el médico y se durmió durante veinte
horas.
Al anochecer, Severo dispuso los preparativos. Mandó a sus hijos a la cama y
autorizó a los sirvientes para retirarse temprano. A Clara, que estaba demasiado
impresionada por lo que había sucedido, le permitió pasar esa noche en el cuarto de
otra hermana. Después que todas las luces se apagaron y la casa entró en reposo,
llegó el ayudante del doctor Cuevas, un joven esmirriado y miope, que tartamudeaba
al hablar. Ayudaron a Severo a transportar el cuerpo de Rosa a la cocina y lo colocaron
con delicadeza sobre el mármol donde la Nana amasaba el pan y picaba las verduras.
A pesar de la fortaleza de su carácter, Severo no pudo resistir el momento en que
quitaron la camisa de dormir a su hija y apareció su esplendorosa desnudez de sirena.
Salió trastabillando, borracho de dolor, y se desplomó en el salón llorando como una
criatura. También el doctor Cuevas, que había visto nacer a Rosa y la conocía como la
palma de su mano, tuvo un sobresalto al verla sin ropa. El joven ayudante, por su
parte, comenzó a jadear de impresión y siguió jadeando en los años siguientes cada
vez que recordaba la visión increíble de Rosa durmiendo desnuda sobre el mesón de la
cocina, con su largo pelo cayendo como una cascada vegetal hasta el suelo.
Mientras ellos trabajaban en su terrible oficio, la Nana, aburrida de llorar y rezar, y
presintiendo que algo extraño estaba ocurriendo en sus territorios del tercer patio, se
levantó, se arropó con un chal y salió a recorrer la casa. Vio luz en la cocina, pero la
puerta y los postigos de las ventanas estaban cerrados. Siguió por los corredores
silenciosos y helados, cruzando los tres cuerpos de la casa, hasta llegar al salón. Por la
puerta entreabierta divisó a su patrón que se paseaba por la habitación con aire
desolado. El fuego de la chimenea se había extinguido. La Nana entró.
-¿Dónde está la niña Rosa? -preguntó.
-El doctor Cuevas está con ella, Nana. Quédate aquí y tómate un trago conmigo
-suplicó Severo.
La Nana se quedó de pie, con los brazos cruzados sujetando el chal contra su pecho.
Severo le señaló el sofá y ella se aproximó con timidez. Se sentó a su lado. Era la
primera vez que estaba tan cerca del patrón desde que vivía en su casa. Severo sirvió
una copa de jerez para cada uno y se bebió la suya de un trago. Hundió la cabeza
entre sus dedos, mesándose los cabellos y mascullando entre dientes una
incomprensible y triste letanía. La Nana, que estaba sentada rígidamente en la punta
de la silla, se relajó al verlo llorar. Estiró su mano áspera y con un gesto automático le
alisó el pelo con la misma caricia que durante veinte años había empleado para
consolarle a los hijos.
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