La casa de los espíritus
Isabel Allende
y favores que hacía a las personas adecuadas en el momento preciso. Aquella
provincia sureña, aunque remota y desconocida, era lo que estaba esperando.
Lo del cerdo fue un martes. El viernes, cuando ya del cerdo no quedaba más que los
pellejos y los huesos que roía Barrabás en el patio, Clara anunció que habría otro
muerto en la casa.
-Pero será un muerto por equivocación -dijo.
El sábado pasó mala noche y despertó gritando. La Nana le dio una infusión de tilo y
nadie le hizo caso, porque estaban ocupados con los preparativos del viaje del padre al
Sur y porque la bella Rosa amaneció con fiebre. Nívea ordenó que dejaran a Rosa en
cama y el doctor Cuevas dijo que no era nada grave, que le dieran una limonada tibia
y bien azucarada, con un chorrillo de licor, para que sudara la calentura. Severo fue a
ver a su hija y la encontró arrebolada y con los ojos brillantes, hundida en los encajes
color mantequilla de sus sábanas. Le llevó de regalo un carnet de baile y autorizó a la
Nana para abrir la garrafa de aguardiente y echarle a la limonada. Rosa se bebió la
limonada, se arropó en su mantilla de lana y se durmió enseguida al lado de Clara, con
quien compartía la habitación.
En la mañana del domingo trágico, la Nana se levantó temprano, como siempre.
Antes de ir a misa fue a la cocina a preparar el desayuno de la familia. La cocina a leña
y carbón había quedado preparada desde el día anterior y ella encendió el fogón en el
rescoldo de las brasas aún tibias. Mientras calentaba el agua y hervía la leche, fue
acomodando los platos para llevarlos al comedor. Empezó a cocinar la avena, a colar el
café, tostar el pan. Arregló dos bandejas, una para Nívea, que siempre tomaba su
desayuno en la cama, y otra para Rosa, que por estar enferma tenía derecho a lo
mismo. Cubrió la bandeja de Rosa con una servilleta de lino bordado por las monjas,
para que no se enfriara el café y no le entraran moscas, y se asomó al patio para ver
que Barrabás no estuviera cerca. Tenía el prurito de asaltarla cuando ella pasaba con
el desayuno. Lo vio distraído jugando con una gallina y aprovechó para salir en su
largo viaje por los patios y los corredores, desde la cocina, al fondo de la casa, hasta el
cuarto de las niñas, al otro extremo. Frente a la puerta de Rosa vaciló, golpeada por la
fuerza del presentimiento. Entró sin anunciarse a la habitación, como era su
costumbre, y al punto notó que olía a rosas, a pesar de que no era la época de esas
flores. Entonces la Nana supo que había ocurrido una desgracia irreparable. Depositó
con cuidado la bandeja en la mesa de noche y caminó lentamente hasta la ventana.
Abrió las pesadas cortinas y el pálido sol de la mañana entró en el cuarto. Se volvió
acongojada y no le sorprendió ver sobre la cama a Rosa muerta, más bella que nunca,
con el pelo definitivamente verde, la piel del tono del marfil nuevo y sus ojos amarillos
como la miel, abiertos. A los pies de la cama estaba la pequeña Clara observando a su
hermana. La Nana se arrodilló junto a la cama, tomó la mano a Rosa y comenzó a
rezar. Siguió rezando hasta que se escuchó e toda la casa un terrible lamento de
n
buque perdido. Fue la primera y última vez que Barrabás se hizo oír. Aulló a la muerta
durante todo el día, hasta destrozarle los nervios a los habitantes de la casa y a los
vecinos, que acudieron atraídos por ese gemido de naufragio.
Al doctor Cuevas le bastó echar una mirada al cuerpo de Rosa para saber que la
muerte se debió a algo mucho más grave que una fiebre de morondanga. Comenzó a
husmear por todos lados, inspeccionó la cocina, pasó los dedos por las cacerolas, abrió
los sacos de harina, las bolsas de azúcar, las cajas de frutas secas, revolvió todo y dejó
a su paso un desparrame de huracán. Hurgó en los cajones de Rosa, interrogó a los
sirvientes uno por uno, acosó a la Nana hasta que la puso fuera de sí y finalmente sus
pesquisas lo condujeron a la garrafa de aguardiente que requisó sin miramientos. No le
comunicó a nadie sus dudas, pero se llevó la botella a su laboratorio. Tres horas
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