La casa de los espíritus
Isabel Allende



Los enamorados probaron uno por uno los cuartos abandonados y terminaron
improvisando un nido para sus amores furtivos en las profundidades del sótano. Hacía
varios años que Alba no entraba allí y llegó a olvidar su existencia, pero en el momento
en que abrió la puerta y respiró el inconfundible olor, volvió a sentir la mágica
atracción de antes. Usaron los trastos, los cajones, la edición del libro del tío Nicolás,
los muebles y los cortinajes de otros tiempos para acomodar una sorprendente cámara
nupcial. Al centro improvisaron una cama con varios colchones, que cubrieron con
unos pedazos de terciopelo apolillado. De los baúles extrajeron incontables tesoros.
Hicieron sábanas con viejas cortinas de damasco color topacio, descosieron el suntuoso
vestido de encaje de Chantilly que usó Clara el día en que murió Barrabás, para hacer
un mosquitero color del tiempo, que los preservara de las arañas que se descolgaban
bordando desde el techo. Se alumbraban con velas y hacían caso omiso de los
pequeños roedores, del frío y de ese tufillo de ultratumba. En el crepúsculo eterno del
sótano, andaban desnudos, desafiando a la humedad y a las corrientes de aire. Bebían
vino blanco en copas de cristal que Alba sustrajo del comedor y hacían un minucioso
inventario de sus cuerpos y de las múltiples posibilidades del placer. Jugaban como
niños. A ella le costaba reconocer en ese joven enamorado y dulce que reía y retozaba
en una inacabable bacanal, al revolucionario ávido de justicia que aprendía, en secreto,
el uso de las armas de fuego y las estrategias revolucionarias. Alba inventaba
irresistibles trucos de seducción y Miguel creaba nuevas y maravillosas formas de
amarla. Estaban deslumbrados por la fuerza de su pasión, que era como un embrujo
de sed insaciable. No alcanzaban las horas ni las palabras para decirse los más íntimos
pensamientos y los más remotos recuerdos, en un ambicioso intento de poseerse
mutuamente hasta la última estancia. Alba descuidó el violoncelo, excepto para tocarlo
desnuda sobre el lecho de topacio, y asistía a sus clases en la universidad con un aire
alucinado. Miguel también postergó su tesis y sus reuniones políticas, porque
necesitaban estar juntos a toda hora y aprovechaban la menor distracción de los
habitantes de la casa para deslizarse hacia el sótano. Alba aprendió a mentir y
disimular. Pretextando la necesidad de estudiar de noche, dejó el cuarto que compartía
con su madre desde la muerte de su abuela y se instaló en una habitación del primer
piso que daba al jardín, para poder abrir la ventana a Miguel y llevarlo en puntillas a
través de la casa dormida, hasta la guarida encantada. Pero no sólo se juntaban en las
noches. La impaciencia del amor era a veces tan intolerable, que Miguel se arriesgaba
a entrar de día, arrastrándose entre los matorrales, como un ladrón, hasta la puerta
del sótano, donde lo esperaba Alba con el corazón en un hilo. Se abrazaban con la
desesperación de una despedida y se escabullían a su refugio sofocados de
complicidad.
Por primera vez en su vida, Alba sintió la necesidad de ser hermosa y lamentó que
ninguna de las espléndidas mujeres de su familia le hubiera legado sus atributos, y la
única que lo hizo, la bella Rosa, sólo le dio el tono de algas marinas a su pelo, lo cual,
si no iba acompañado por todo lo demás, parecía más bien un error de peluquería.
Cuando Miguel adivinó su inquietud, la llevó de la mano hasta el gran espejo veneciano
que adornaba un rincón de su cámara secreta, sacudió el polvo del cristal quebrado y
luego encendió todas las velas que tenía y las puso a su alrededor. Ella se miró en los
mil pedazos rotos del espejo. Su piel, iluminada por las velas, tenía el color irreal de
las figuras de cera. Miguel comenzó a acariciarla y ella vio transformarse su rostro en
el caleidoscopio del espejo y aceptó al fin que era la más bella de todo el universo,
porque pudo verse con los ojos que la miraba Miguel.
Aquella orgía interminable duró más de un año. Al fin, Miguel terminó su tesis, se
graduó y empezó a buscar trabajo. Cuando pasó la apremiante necesidad del amor
insatisfecho, pudieron recuperar la compostura y normalizar sus vidas. Ella hizo un
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