La casa de los espíritus
Isabel Allende
decidió seguirla hasta el final, para terminar con esa situación que amenazaba con
prolongarse indefinidamente. Estaba seguro que Blanca tenía un amante, pero creía
que no podía ser nada serio. Personalmente, Jean de Satigny no tenía ninguna fijación
con la virginidad y no se había planteado ese asunto cuando decidió pedirla en
matrimonio. Lo que le interesaba de ella eran otras cosas, que no se perderían por un
momento de placer en el lecho del río.
Después que Blanca se retiró a su habitación y el resto de la familia también, Jean
de Satigny se quedó sentado en el salón a oscuras, atento a los ruidos de la casa,
hasta la hora que calculó que ella saltaría por la ventana. Entonces salió al patio y se
plantó entre los árboles a esperarla. Estuvo agazapado en la sombra más de media
hora, sin que nada anormal turbara la paz de la noche. Aburrido de esperar, se
disponía a retirarse, cuando se fijó que la ventana de Blanca estaba abierta. Se dio
cuenta que había saltado antes que él se apostara en el jardín a vigilarla.
-Merde -masculló en francés.
Rogando que los perros no alertaran a toda la casa con sus ladridos y que no le
saltaran encima, se dirigió hacia el río, por el camino que otras veces había visto tomar
a Blanca. No estaba acostumbrado a andar con su fino calzado por la tierra arada, ni a
saltar piedras y sortear charcos, pero la noche estaba muy clara, con una hermosa
luna llena iluminando el cielo en un resplandor fantasmagórico y apenas se le pasó el
temor de que aparecieran los perros, pudo apreciar la belleza del momento. Anduvo un
buen cuarto de hora antes de avistar los primeros cañaverales de la orilla y entonces
duplicó su prudencia y se acercó con más sigilo, cuidando sus pisadas para que no
aplastaran ramas que pudieran delatarlo. La luna se reflejaba en el agua con un brillo
de cristal y la brisa mecía suavemente las cañas y las copas de los árboles. Reinaba el
más completo silencio y por un instante tuvo la fantasía de que estaba viviendo un
sueño de sonámbulo, en el cual caminaba y caminaba, sin avanzar, siempre en el
mismo sitio encantado, donde el tiempo se había detenido y donde trataba de tocar los
árboles, que parecían al alcance de la mano, y se encontraba con el vacío. Tuvo que
hacer un esfuerzo para recuperar su habitual estado de ánimo, realista y pragmático.
En un recodo del paisaje, entre grandes piedras grises iluminadas por la luz de la luna,
los vio tan cerca, que casi podía tocarlos. Estaban desnudos. El hombre estaba de
espaldas, cara al cielo, con los ojos cerrados, pero no tuvo dificultad en reconocer al
sacerdote jesuita que había ayudado la misa del funeral de Pedro García, el viejo. Eso
le sorprendió. Blanca dormía con la cabeza apoyada en el vientre liso y moreno de su
amante. La tenue luz lunar ponía reflejos metálicos en sus cuerpos y Jean de Satigny
se estremeció al ver la armonía de Blanca, que en ese momento le pareció perfecta.
Tomó casi un mimito al elegante conde francés abandonar el estado de ensueño en
que lo sumió la vista de los enamorados, la placidez de la noche, la luna y el silencio
del campo, y darse cuenta de que la situación era más grave de lo que había
imaginado. En la actitud de los amantes reconoció el abandono propio de quienes se
conocen de muy largo tiempo. Aquello no tenía el aspecto de una aventura erótica de
verano, como había supuesto, sino más bien de un matrimonio de la carne y el
espíritu. Jean de Satigny no podía saber que Blanca y Pedro Tercero habían dormido
así el primer día que se conocieron y que continuaron haciéndolo cada vez que
pudieron a lo largo de esos años, sin embargo, lo intuyó por instinto.
Procurando no hacer ni el menor ruido que pudiera alertarlos, dio media vuelta y
emprendió el regreso, pensando cómo enfrentar el asunto. Al llegar a la casa, ya había
tomado la decisión de contárselo al padre de Blanca, porque la ira siempre pronta de
Esteban Trueba le pareció el mejor medio para resolver el problema. «Que se las
arreglen entre los nativos», pensó.
119
|
|