La casa de los espíritus
Isabel Allende
Hacía un par de años que Clara no veía a su tío Marcos, pero lo recordaba muy bien.
Era la única imagen perfectamente nítida de su infancia y para evocarla no necesitaba
consultar el daguerrotipo del salón, donde aparecía vestido de explorador, apoyado en
una escopeta de dos cañones de modelo antiguo, con el pie derecho sobre el cuello de
un tigre de Malasia, en la misma triunfante actitud que ella había observado en la
Virgen del altar mayor, pisando el demonio vencido entre nubes de yeso y ángeles
pálidos. A Clara le bastaba cerrar los ojos para ver a su tío en carne y hueso, curtido
por las inclemencias de todos los climas del planeta, flaco, con unos bigotes de
filibustero, entre los cuales asomaba su extraña sonrisa de dientes de tiburón. Parecía
imposible que estuviera dentro de ese cajón negro en el centro del patio.
En cada visita que hizo Marcos al hogar de su hermana Nívea, se quedó por varios
meses, provocando el regocijo de los sobrinos, especialmente de Clara, y una tormenta
en la que el orden doméstico perdía su horizonte. La casa se atochaba de baúles,
animales embalsamados, lanzas de indios, bultos de marinero. Por todos lados la gente
andaba tropezando con sus bártulos inauditos, aparecían bichos nunca vistos, que
habían hecho el viaje desde tierras remotas, para terminar aplastados bajo la escoba
implacable de la Nana en cualquier rincón de la casa. Los modales del tío Marcos eran
los de un caníbal, como decía Severo. Se pasaba la noche haciendo movimientos
incomprensibles en la sala, que, más tarde se supo, eran ejercicios destinados a
perfeccionar el control de la mente sobre el cuerpo y a mejorar la digestión. Hacía
experimentos de alquimia en la cocina, llenando toda la casa con humaredas fétidas y
arruinaba las ollas con sustancias sólidas que no se podían desprender del fondo.
Mientras los demás intentaban dormir, arrastraba sus maletas por los corredores,
ensayaba sonidos agudos con instrumentos salvajes y enseñaba a hablar en español a
un loro cuya lengua materna era de origen amazónico. En el día dormía en una
hamaca que había tendido entre dos columnas del corredor, sin más abrigo que un
taparrabos que ponía de pésimo humor a Severo, pero que Nívea disculpaba porque
Marcos la había convencido de que así predicaba el Nazareno. Clara recordaba
perfectamente, a pesar de que entonces era muy pequeña, la primera vez que su tío
Marcos llegó a la casa de regreso de uno de sus viajes. Se instaló como si fuera a
quedarse para siempre. Al poco tiempo, aburrido de presentarse en tertulias de
señoritas donde la dueña de la casa tocaba el piano, jugar al naipe y eludir los
apremios de todos sus parientes para que sentara cabeza y entrara a trabajar de
ayudante en el bufete de abogados de Severo del Valle, se compró un organillo y salió
a recorrer las calles, con la intención de seducir a su prima Antonieta y, de paso,
alegrar al público con s música de manivela. La máquina no era más que un cajón
u
roñoso provisto de ruedas, pero él la pintó con motivos marineros y le puso una falsa
chimenea de barco. Quedó con aspecto de cocina a carbón. El organillo tocaba una
marcha militar y un vals alternadamente y entre vuelta y vuelta de la manivela, el loro,
que había aprendido el español, aunque todavía guardaba su acento extranjero, atraía
a la concurrencia con gritos agudos. También sacaba con el pico unos papelitos de una
caja para vender la suerte a los curiosos. Los papeles rosados, verdes y azules eran
tan ingeniosos, que siempre apuntaban a los más secretos deseos del cliente. Además
de los papeles de la suerte, vendía pelotitas de aserrín para divertir a los niños y
polvos contra la impotencia, que comerciaba a media voz con los transeúntes
afectados por ese mal. La idea del organillo nació como un último y desesperado
recurso para atraer a la prima Antonieta, después que le fallaron otras formas más
convencionales de cortejarla. Pensó que ninguna mujer en su sano juicio podía
permanecer impasible ante una serenata de organillo. Eso fue lo que hizo. Se colocó
debajo de su ventana un atardecer, a tocar su marcha militar y su vals, en el momento
en que ella tomaba el té con un grupo de amigas. Antonieta no se dio por aludida
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