¡Hasta el cuello me suben los latidos del corazón cuando te oigo cavar! ¡Tu silencio
quiere estrangularme, tú abismalmente silencioso!
Todavía no me he atrevido nunca a llamarte arriba: ¡ya es bastante que conmigo - te
haya yo llevado! Aún no era yo bastante fuerte para la última arrogancia y petulancia del
león.
Bastante terrible ha sida ya siempre para mí tu pesadez: ¡mas alguna vez debo encontrar
la fuerza y la voz del león, que te llame arriba!
Cuando yo haya superado esto, entonces quiero superar algo todavía mayor; ¡y una vic-
toria será el sello de mi consumación! -
Entretanto vago todavía por mares inciertos; el azar me adula, el azar de lengua lisa;
hacia adelante y hacia atrás miro -, aún no veo final alguno.
Todavía no me ha llegado la hora de mi última lucha -, ¿o acaso me llega en este mo-
mento? ¡En verdad, con pérfida belleza me contemplan el mar y la vida que me rodean!
¡Oh tarde de mi vida! ¡Oh felicidad antes del anochecer! ¡Oh puerto en alta mar! ¡Oh
paz en la incertidumbre! ¡Cómo desconfío de todos vosotros!
¡En verdad, desconfío de vuestra pérfida belleza! Me parezco al amante, que desconfía
de la sonrisa demasiado aterciopelada.
Así como el celoso rechaza lejos de sí a la más amada, siendo tierno incluso en su dure-
za -, así rechazo yo lejos de mí esta hora bienaventurada.
¡Aléjate, hora bienaventurada! ¡Contigo me llegó una bienaventuranza no querida! Dis-
puesto a mi dolor más profundo me encuentro aquí: - ¡a destiempo has venido!
¡Aléjate, hora bienaventurada! Es mejor que busques asilo allí -¡entre mis hijos! ¡Apre-
súrate!, ¡y bendícelos con mi felicidad antes del anochecer!
Ya se aproxima el anochecer: el sol se pone. ¡Vete - felicidad mía! -
Así habló Zaratustra, y aguardó a su infelicidad durante toda la noche: mas aguardó en
vano. La noche permaneció clara y silenciosa, y la felicidad misma se le fue acercando
cada vez más. Hacia la mañana Zaratustra rió a su corazón y dijo burlonamente: «La feli-
cidad corre detrás de mí. Esto se debe a que yo no corro detrás de las mujeres. Pero la
felicidad es una mujer».
289
Otro título previsto por Nietzsche, en sus manuscritos para este apartado era Hacia alta mar.
290
Véase, en la primera parte, Del arbol de la montaña, y De la virtud que hace regalos.
291
Primera alusión a los que Zaratustra llama «sus hijos» y que serán el objeto de su gran anhelo en la
cuarta parte. Véase El saludo.
292
En el Prólogo de Zaratustra, 9, aparecen idénticas calificaciones aplicadas a los hombres deseados
por Zaratustra como compañeros.
293
Esta expresión ya ha aparecido en la segunda parte, De grandes acontecimientos, y volverá a aparecer
en la cuarta parte, El grito de socorro, y A mediodía.
Antes de la salida del sol294
Oh cielo por encima de mí, tú puro! ¡Profundo! ¡Abismo de luz! Contemplándote me
estremezco de ansias divinas.
Arrojarme a tu altura - ¡ésa es mi profundidad! Cobijarme en tu pureza - ¡ésa es mi ino-
cencia!
Al dios su belleza lo encubre: así me ocultas tú tus estrellas No hablas: así me anuncias
tu sabiduría.
Mudo sobre el mar rugiente has salido hoy para mí, tu amor y tu pudor dicen revelación
a mi rugiente alma.
El que hayas venido bello a mí, encubierto en tu belleza, el que mudo me hables, mani-
fiesto en tu sabiduría:
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