¡Ay, Zaratustra, necio rico en amor, sobrebienaventurado de confianza! Pero así has si-
do siempre: siempre te has acercado confiado a todo lo horrible.
Has querido incluso acariciar a todos los monstruos. Un vaho de cálida respiración, un
poco de suave vello en las garras -: y enseguida estabas dispuesto a amar y a atraer.
El amor es el peligro del más solitario, el amor a todas las cosas, ¡con tal de que vivan!
¡De risa son, en verdad, mi necedad y mi modestia en el amor!» -

Así habló Zaratustra, y rió por segunda vez: entonces pensó en sus amigos abandonados
-, y como si los hubiera ofendido con sus pensamientos, enojóse consigo mismo a causa
de éstos. Y pronto ocurrió que el que reía se puso a llorar: - de cólera y de anhelo lloró
Zaratustra amargamente279.
277
Véase Más allá del bien y del mal, aforismo 70: «Si uno tiene carácter, tiene también una vivencia tí-
pica y propia, que retorna siempre.»
278
Cita de Éxodo, 3, 8, donde de la Tierra Prometida se dice que en ella «corren leche y miel.»
279
Véase la nota 71.

De la visión y enigma 280

Cuando se corrió entre los marineros la voz de que Zaratustra se encontraba en el barco,
- pues al mismo tiempo que él había subido a bordo un hombre que venía de las islas
afortunadas - prodújose una gran curiosidad y expectación. Mas Zaratustra estuvo callado
durante dos días, frío y sordo de tristeza, de modo que no respondía ni a las miradas ni a
las preguntas. Al atardecer del segundo día, sin embargo, aunque todavía guardaba silen-
cio, volvió a abrir sus oídos: pues había muchas cosas extrañas y peligrosas que oír en
aquel barco, que venía de lejos y que quería ir aún más lejos. Zaratustra era amigo, en
efecto, de todos aquellos que realizan largos viajes y no les gusta vivir sin peligro. Y he
aquí que, por fin, a fuerza de escuchar, su propia lengua se soltó y el hielo de su corazón
se rompió: - entonces comenzó a hablar así:

A vosotros los audaces buscadores e indagadores, y a quienquiera que alguna vez se
haya lanzado con astutas velas a mares terribles, -
a vosotros los ebrios de enigmas, que gozáis con la luz del crepúsculo, cuyas almas son
atraídas con flautas a todos los abismos laberínticos:
- pues no queréis, con mano cobarde, seguir a tientas un hilo; y allí donde podéis adivi-
nar, odiáis el deducir -
a vosotros solos os cuento el enigma que he visto, - la visión del más solitario -
Sombrío281 caminaba yo hace poco a través del crepúsculo de color de cadáver, - som-
brío y duro, con los labios apretados. Pues más de un sol se había hundido en su ocaso
para mí.
Un sendero que ascendía obstinado a través de pedregales, un sendero maligno, solita-
rio, al que ya no alentaban ni hierbas ni matorrales: un sendero de montaña crujía bajo la
obstinación de mi pie.
Avanzando mudo sobre el burlón crujido de los guijarros, aplastando la piedra que lo
hacía resbalar: así se abría paso mi pie hacia arriba.
Hacia arriba: - a pesar del espíritu que de él tiraba hacia abajo, hacia el abismo, el espí-
ritu de la pesadez, mi demonio y enemigo capital.
Hacia arriba: - aunque sobre mí iba sentado ese espíritu, mitad enano, mitad topo; para-
lítico; paralizante; dejando caer plomo en mi oído282, pensamientos-gotas de plomo en mi
cerebro.

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