Así habló Zaratustra.
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Reminiscencia clásica: para no escapar hacia el superhombre, la voluntad de Zaratustra se aferra al
hombre, como Ulises se ata al mástil de la nave para no sucumbir a los cantos de las sirenas.
265
Zaratustra aludirá a esta «primera cordura respecto a los hombres» en la cuarta parte, El mago, 2.
266
Zaratustra repite este reproche en varias otras ocasiones. Véase, por ejemplo, en la tercera parte, De
tablas viejas y nuevas, 2, El convaleciente, 2; y en la cuarta parte, Del hombre superior, 5.
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Nietzsche cita estas palabras en Ecce homo y añade: «De este pasaje, y no de otro, hay que partir para
comprender lo que Zaratustra quiere: esa especie de hombre que él concibe, concibe la realidad tal como
ella es: es suficientemente fuerte para hacerlo, no es una especie de hombre extrañada, alejada de la reali-
dad, es la realidad misma, encierra todavía en sí todo lo terrible y problemático de ésta, sólo así puede el
hombre tener grandeza».
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Véase antes, De los sacerdotes, y, en la tercera parte, El convaleciente, 2.
La más silenciosa de todas las horas
Qué me ha ocurrido, amigos míos? Me veis trastornado, acuciado, dócil a pesar mío,
dispuesto a marchar - ¡ay, a alejarme de vosotros!
Sí, una vez más tiene Zaratustra que volver a su soledad: ¡pero esta vez el oso vuelve
de mala gana a su caverna!
¿Qué me ha ocurrido? ¿Quién me lo ordena? - Ay, mi irritada señora lo quiere así, me
ha hablado: ¿os he dicho ya alguna vez su nombre?
Ayer al atardecer me habló mi hora más silenciosa: ése es el nombre de mi terrible se-
ñora.
Y esto es lo que ocurrió, - ¡pues tengo que deciros todo, para que vuestro corazón no se
endurezca269 contra el que se va de repente!
¿Conocéis el terror del que se adormece? -
Hasta las puntas de los pies tiembla, debido a que el suelo le falla y los sueños comien-
zan.
Ésta es la parábola que os digo. Ayer, en la hora más silenciosa, el suelo me falló: co-
menzaron los sueños.
La aguja avanzaba, el reloj de mi vida tomaba aliento -, jamás había oído yo tal silencio
a mi alrededor: de modo que mi corazón sintió terror.
Entonces algo me habló sin voz270: «¿Lo sabes, Zaratustra?»
Y yo grité de terror ante ese susurro, y la sangre abandonó mi rostro: pero callé.
Entonces algo volvió a hablarme sin voz: «¡Lo sabes, Zaratustra, pero no lo dices!» -
Y yo respondí por fin, como un testarudo: «¡Sí, lo sé, pero no quiero decirlo!»
Entonces algo me habló de nuevo sin voz: «¿No quieres, Zaratustra? ¿Es eso verdad?
¡No te escondas en tu terquedad!» -
Y yo lloré y temblé como un niño, y dije: «¡Ay, lo querría, mas cómo poder! ¡Dispén-
same de eso! ¡Está por encima de mis fuerzas!»
Entonces algo me habló de nuevo sin voz: «¡Qué importas tú, Zaratustra! ¡Di tu palabra
y hazte pedazos!» -
Y yo respondí: «Ay, ¿es mi palabra? ¿Quién soy yo? Yo estoy aguardando a uno más
digno; no soy siquiera digno de hacerme pedazos contra él»271.
Entonces algo me habló de nuevo sin voz: «¿Qué importas tú? Para mí no eres aún bas-
tante humilde. La humildad tiene la piel más dura de todas». -
Y yo respondí: «¡Qué cosas no ha soportado ya la piel de mi humildad! Yo habito al pie
de mi altura: ¿cuál es la altura de mis cimas? Nadie me lo ha dicho todavía. Pero conozco
bien mis valles».
Entonces algo me habló de nuevo sin voz: «Oh Zaratustra, quien ha de trasladar monta-
ñas272 traslada también valles y hondonadas». -
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