Y aquí acabó el primer discurso de Zaratustra, llamado también «el prólogo»24: pues en
este punto el griterío y el regocijo de la multitud lo interrumpieron. «¡Danos ese último
hombre, oh Zaratustra, - gritaban - haz de nosotros esos últimos hombres! ¡El superhom-
bre te lo regalamos!25. Y todo el pueblo daba gritos de júbilo y chasqueaba la lengua.
Pero Zaratustra se entristeció y dijo a su corazón:
No me entienden: no soy yo la boca para estos oídos.
Sin duda he vivido demasiado tiempo en las montañas, he escuchado demasiado a los
arroyos y a los árboles: ahora les hablo como a los cabreros.
Inmóvil es mi alma, y luminosa como las montañas por la mañana. Pero ellos piensan
que yo soy frío, y un burlón que hace chistes horribles.
Y ahora me miran y se ríen: y mientras ríen, continúan odiándome. Hay hielo en su reír.
20
Reminiscencia del Evangelio de Mateo,13,13: «Por esto les hablo en parábolas, porque miran sin ver y
escuchan sin oír ni entender.»
21
Sobre el concepto de «cultura» puede verse, en la segunda parte, Del país de la cultura.
22
El «último» hombre significa sobre todo el «último» en la escala humana. En Ecce homo dice Nietzs-
che: «En este sentido Zaratustra llama a los buenos unas veces "los últimos hombres" y otras el "comienzo
del final"; sobre todo, los considera como la especie más nociva del hombre, porque imponen su existencia
tanto a costa de la verdad como a costa del futuro».
23
Paráfrasis, modificando su sentido, del Evangelio de Juan, 10, 16: «Habrá un solo rebaño y un solo
pastor.»
24
Mediante el juego de palabras en alemán entre erste Rede (primer discurso) y Vorrede (prólogo o,
también, discurso preliminar), Nietzsche quiere indicar que en realidad este su primer hablar o discursear
(reden) a los hombres no ha sido más que un hablar preliminar, pero que su verdadero hablar va a comen-
zar ahora. Por eso la verdadera primera parte de esta obra se titulará precisamente «Los discursos (Reden)
de Zaratustra».
25
Eco de la escena evangélica (Evangelio de Lucas, 23, 17) en que la muchedumbre rechaza a Jesús y
reclama a Barrabás: «Pero ellos vociferaron a una: ¡Fuera ése! Suéltanos a Barrabás!»

6

Pero entonces ocurrió algo que hizo callar todas las bocas y quedar fijos todos los ojos.
Entretanto, en efecto, el volatinero había comenzado su tarea: había salido de una peque-
ña puerta y caminaba sobre la cuerda, la cual estaba tendida entre dos torres, colgando
sobre el mercado y el pueblo. Mas cuando se encontraba justo en la mitad de su camino,
la pequeña puerta volvió a abrirse y un compañero de oficio vestido de muchos colores,
igual que un bufón, saltó fuera y marchó con rápidos pasos detrás del primero. «Sigue
adelante, cojitranco, gritó su terrible voz, sigue adelante, ¡holgazán, impostor, cara de
tísico! ¡Que no te haga yo cosquillas con mi talón! ¿Qué haces aquí entre torres? Dentro
de la torre está tu sitio, en ella se te debería encerrar, ¡cierras el camino a uno mejor que
tú!» - Y a cada palabra se le acercaba más y más: y cuando estaba ya a un solo paso de-
trás de él ocurrió aquella cosa horrible que hizo callar todas las bocas y quedar fijos todos
los ojos: - lanzó un grito como si fuese un demonio y saltó por encima de quien le obsta-
culizaba el camino. Mas éste, cuando vio que su rival lo vencía, perdió la cabeza y el
equilibrio; arrojó su balancín y, más rápido que éste, se precipitó hacia abajo como un
remolino de brazos y de piernas. El mercado y el pueblo parecían el mar cuando la tem-
pestad avanza: todos huyeron apartándose y atropellándose, sobre todo allí donde el
cuerpo tenía que estrellarse.
Zaratustra, en cambio, permaneció inmóvil, y justo a su lado cayó el cuerpo, maltrecho
y quebrantado, pero no muerto todavía. Al poco tiempo el destrozado recobró la cons-
ciencia y vio a Zaratustra arrodillarse junto a él. «¿Qué haces aquí?, dijo por fin, desde
hace mucho sabía yo que el diablo me echaría la zancadilla. Ahora me arrastra al infier-
no: ¿quieres tú impedírselo?»

9