Con rasgos divinos se yergue ahora, y con la seducción propia de los que sufren; y ¡en
verdad!, ¡incluso os dará las gracias por haberla derribado, derribadores!
Éste es el consejo que doy a los reyes y a las Iglesias y a todo lo que es débil por edad y
por virtud - ¡dejaos derribar! ¡Para que vosotros volváis a la vida, y para que vuelva a
vosotros - la virtud! -
Así hablé yo ante el perro de fuego: entonces él me interrumpió gruñendo y preguntó:
«¿Iglesia? ¿Qué es eso?»
¿Iglesia?, respondí yo, eso es una especie de Estado, y, ciertamente, la especie más em-
bustera de todas. ¡Mas cállate, perro hipócrita! ¡Tú conoces perfectamente sin duda tu
especie!
Lo mismo que tú, es el Estado un perro hipócrita; lo mismo que a ti, gústale a él hablar
con humo y aullidos, - para hacer creer, como tú, que habla desde el vientre de las cosas.
Pues él, el Estado, quiere ser a toda costa el animal más importante en la tierra; y tam-
bién esto se lo cree a él la gente.
Cuando hube dicho esto, el perro de fuego hizo gestos como si se hubiera vuelto loco
de envidia. «¿Cómo?, gritó, ¿el animal más importante en la tierra? ¿Y también esto se lo
cree a él la gente?» Y tanto fue el vapor y tantas las horribles voces que de su garganta
salieron que yo pensé que iba a asfixiarse de rabia y de envidia.
Por fin se calmó, y su jadeo fue disminuyendo; pero tan pronto como estuvo callado, di-
je yo riendo:
«Te enojas, perro de fuego: ¡así, pues, tengo razón en lo que he dicho sobre ti!
Y para seguir teniéndola, oye algo de otro perro de fuego: éste habla verdaderamente
desde el corazón de la tierra.
Oro sale de su boca al respirar, y lluvia de oro: así lo quiere su corazón. ¡Qué le impor-
tan a él la ceniza y el humo y el légamo caliente!
La risa sale revoloteando de él como una nube multicolor; ¡desdeña el gargareo y los
escupitajos y el retortijón de tus entrañas!
Pero el oro y la risa - los toma del corazón de la tierra: pues, para que lo sepas, - el co-
razón de la tierra es de oro.»
Cuando el perro de fuego oyó esto, no soportó el seguir escuchándome. Avergonzado
escondió el rabo entre las piernas, dijo ¡guau!, ¡guau! con voz abatida y se sumergió,
arrastrándose, en su caverna. -
Esto es lo que Zaratustra contó. Mas sus discípulos apenas le escuchaban: tan grande
era su deseo de contarle la historia de los marineros, los conejos y el hombre volador.
«¡Qué debo pensar de todo esto!, dijo Zaratustra. ¿Soy yo acaso un fantasma?
Habrá sido mi sombra. ¿Habéis oído ya algo del caminante y su sombra?246
Una cosa es segura: tengo que atarla corta, - pues de lo contrario perjudicará mi reputa-
ción.»
Y de nuevo movió Zaratustra la cabeza y se maravilló: «¡Qué debo pensar de todo es-
to!», volvió a decir.
«Por qué gritó el fantasma: ¡Ya es tiempo! ¡Ya ha llegado la hora!
¿De qué - ha llegado la hora?» -
Así habló Zaratustra.
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Nietzsche recogió sin duda del folklore italiano estas ideas, las cuales se remontan probablemente a la
Antigüedad. En sus viajes había visto el Vesubio, durante su estancia en Sorrento, y también el Etna, cuan-
do estuvo en Mesina (1882). En Sicilia se llama al Etna «casa del diavolo».
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En la descripción de este extraño «vuelo» de Zaratustra, el narrador utiliza como marco la descripción
de un suceso parecido que Nietzsche había leído en su juventud. El texto leído por Nietzsche fue publicado
en 1833 en los Blätter von Prevorst, de Justinus Kerner, y se basaba en el diario de a bordo de un navío
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