más cerca de ellos estuvo la figura - pasó volando a su lado igual que una sombra, en
dirección a la montaña de fuego - reconocieron, con gran consternación, que era Zaratus-
tra; pues todos ellos lo habían visto ya, excepto el capitán, y lo amaban a la manera como
el pueblo ama, es decir: con un sentimiento en que amor y temor están mezclados a partes
iguales.
«¡Mirad!, dijo el viejo timonel, ¡ahí va Zaratustra al infierno!»239-
Por los mismos días en que estos marineros habían desembarcado en la isla de fuego se
difundió el rumor de que Zaratustra había desaparecido; y cuando se preguntaba a sus
amigos, éstos contaban que se había embarcado de noche sin decir adónde iba240.
Se produjo así cierta intranquilidad; al cabo de tres días se añadió a ella el relato de los
marineros - y entonces todo el pueblo se puso a decir que el diablo se había llevado a
Zaratustra. Sus discípulos se reían ciertamente de tales habladurías; y uno de ellos llegó a
decir: «Yo creo más bien que es Zaratustra el que se ha llevado al diablo». Pero en el
fondo de su alma todos ellos estaban llenos de preocupación y de anhelo: por ello grande
fue su alegría cuando al quinto día Zaratustra apareció entre ellos.241
Y éste es el relato de la conversación de Zaratustra con el perro de fuego242.
La tierra, dijo él, tiene una piel; y esa piel tiene enfermedades. Una de ellas se llama,
por ejemplo: «hombre».
Y otra de esas enfermedades se llama «perro de fuego»: acerca de éste los hombres han
dicho y han dejado que les digan muchas mentiras.
Para sondear ese misterio atravesé el mar: y he visto desnuda la verdad, ¡creedme!,
desnuda de pies a cabeza.
En cuanto al perro de fuego, ahora sé de qué se trata; y asimismo sé qué son todos esos
demonios de las erupciones y conmociones, de los que no sólo las viejecillas sienten
miedo.
¡Sal de ahí, perro de fuego, sal de tu profundidad!, exclamé, ¡y confiesa lo profunda que
es tu profundidad! ¿De dónde sacas lo que expulsas por la nariz?
¡Tú bebes en abundancia del mar: eso es lo que tu salada elocuencia delata! ¡Verdade-
ramente, para ser un perro de la profundidad, tomas tu alimento en demasía de la superfi-
cie!
A lo sumo te considero el ventrílocuo de la tierra: y siempre que he oído hablar a los
demonios de las erupciones y las conmociones los encontré idénticos a ti: salados, em-
busteros y poco profundos243.
¡Vosotros entendéis de aullar y de oscurecer todo con ceniza! Sois los mejores bocazas
que existen y habéis aprendido hasta la saciedad el arte de hacer hervir el fango.
Donde vosotros estáis, allí tiene que haber siempre fango en las cercanías, y muchas
cosas porosas, cavernosas, comprimidas: quieren salir a la libertad.
«Libertad» es lo que más os gusta aullar: pero yo he dejado de creer en «grandes acon-
tecimientos» tan pronto como se presentan rodeados de muchos aullidos y mucho humo.
¡Y créeme, amigo ruido infernal! Los acontecimientos más grandes - no son nuestras
horas más estruendosas, sino las más silenciosas.
No en torno a los inventores de un ruido nuevo: en torno a los inventores de nuevos va-
lores gira el mundo; de modo inaudible gira244.
¡Y confiésalo! Pocas eran las cosas que habían ocurrido cuando tu ruido y tu humo se
retiraban. ¡Qué importa que una ciudad se convierta en una momia y que una estatua yaz-
ca en el fango!245.
Y ésta es la palabra que digo todavía a los derribadores de estatuas. Sin duda la tontería
más grande es arrojar sal al mar y estatuas al fango.
En el fango de vuestro desprecio yacía la estatua: ¡pero su ley es precisamente que el
desprecio haga renacer en ella vida y viviente belleza!
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