Zaratustra se ha querido ver a Wilamowitz von Möllendorff y a los otros profesores que, tras la aparición
de El nacimiento de la tragedia, decretaron que Nietzsche «no era un docto». La «corona de hiedra» con la
que se adorna Zaratustra y con la que se adornaban también Dioniso y sus acompañantes es antítesis de la
«corona de laurel» que suelen llevar en su cabeza los «doctos».
220
Véase antes De los virtuosos.
221
Véase Ecce homo. «La desproporción entre la grandeza de mi tarea y la pequeñez de mis contemporá-
neos se ha puesto de manifiesto en el hecho de que ni me han oído ni tampoco me han visto siquiera... Me
basta hablar con cualquier "persona culta" de las que en verano vienen a la Alta Engadina para convencer-
me de que yo no vivo...»
222
Véase, en esta segunda parte, De las tarántulas, donde ya aparece esta frase.

De los poetas

Desde que conozco mejor el cuerpo, - dijo Zaratustra a uno de sus discípulos - el espíri-
tu no es ya para mí más que un modo de expresarse; y todo lo `imperecedero' - es tam-
bién sólo un símbolo»223.
«Esto ya te lo he oído decir otra vez, respondió el discípulo; y entonces añadiste: "mas
los poetas mienten demasiado?"224. ¿Por qué dijiste que los poetas mienten demasiado?»
«¿Por qué?, dijo Zaratustra. ¿Preguntas por qué? No soy yo de esos a quienes sea lícito
preguntarles por su porqué.
¿Es que mi experiencia vital es de ayer? Hace ya mucho tiempo que viví las razones de
mis opiniones.
¿No tendría yo que ser un tonel de memoria si quisiera tener conmigo también mis ra-
zones?
Ya me resulta demasiado incluso el retener mis opiniones; y más de un pájaro se escapa
volando.
A veces encuentro también en mi palomar un animal que ha venido volando y que me
es extraño, y que tiembla cuando pongo mi mano sobre él.
Sin embargo, ¿qué te dijo en otro tiempo Zaratustra? ¿Qué los poetas mienten demasia-
do? - Mas también Zaratustra es un poeta.
¿Crees, pues, que dijo entonces la verdad? ¿Por qué lo crees?»225.
El discípulo respondió: «Yo creo en Zaratustra». Mas Zaratusara movió la cabeza y
sonrió.
La fe no me hace bienaventurado226, dijo, y mucho menos, la fe en mí.
Pero en el supuesto de que alguien dijera con toda seriedad que los poetas mienten de-
masiado: tiene razón, - nosotros mentimos demasiado.
Nosotros sabemos también demasiado poco y aprendemos mal: por ello tenemos que
mentir.
¿Y quién de entre nosotros los poetas no ha adulterado su propio vino? Más de una ve-
nenosa mixtura ha sido fabricada en nuestras bodegas, y más de una cosa indescriptible
se ha hecho en ellas227.
Y como nosotros sabemos poco, nos gustan mucho los pobres de espíritu, ¡especial-
mente si son mujercillas jóvenes! Hasta codiciamos las cosas que las viejecillas se cuen-
tan por las noches. A eso lo llamamos lo eterno-femenino228 que hay en nosotros.
Y como si hubiese un especial acceso secreto al saber, que queda obstruido para quie-
nes aprenden algo: así nosotros creemos en el pueblo y en su «sabiduría».
Y todos los poetas creen esto: que quien, tendido en la hierba o en repechos solitarios,
aguza los oídos, ése llega a saber algo de las cosas que se encuentran entre el cielo y la
tierra.
Y si a ellos llegan delicados movimientos, los poetas opinan siempre que la naturaleza
misma se ha enamorado de ellos: Y que se desliza en sus oídos para decirles cosas secre-
tas y enamoradas lisonjas: ¡de ello se glorían y se envanecen ante todos los mortales!

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