Y esto es lo segundo: Se le dan órdenes al que no sabe obedecerse a sí mismo. Así es la
índole de los vivientes.
Pero esto es lo tercero que oí: que mandar es más difícil que obedecer. Y no sólo por-
que el que manda lleva el peso de todos los que obedecen, y ese peso fácilmente lo aplas-
ta: -
Un ensayo y un riesgo advertí en todo mandar; y siempre que el ser vivo manda se
arriesga a sí mismo al hacerlo.
Aún más, también cuando se manda a sí mismo tiene que expiar su mandar. Tiene que
ser juez y vengador y víctima de su propia ley.
¡Cómo ocurre esto!, me preguntaba. ¿Qué es lo que persuade a lo viviente a obedecer y
a mandar y a ejercer obediencia incluso cuando manda?
¡Escuchad, pues, mi palabra, sapientísimos! ¡Examinad seriamente si yo me he desliza-
do hasta el corazón de la vida y hasta las raíces de su corazón!
En todos los lugares donde encontré seres vivos encontré voluntad de poder; e incluso
en la voluntad del que sirve encontré voluntad de ser señor.
A servir al más fuerte, a eso persuádele al más débil su voluntad, la cual quiere ser due-
ña de lo que es más débil todavía: a ese solo placer no le gusta renunciar.
Y así como lo más pequeño se entrega a lo más grande, para disfrutar de placer y poder
sobre lo mínimo: así también lo máximo se entrega y por amor al poder - expone la vida.
Ésta es la entrega de lo máximo, el ser riesgo y peligro y un juego de dados con la
muerte.
Y donde hay inmolación y servicios y miradas de amor: allí hay también voluntad de
ser señor. Por caminos tortuosos se desliza lo más débil hasta el castillo y hasta el cora-
zón del más poderoso - y le roba poder.
Y este misterio me ha confiado la vida misma. «Mira, dijo, yo soy lo que tiene que su-
perarse siempre a sí mismo.
En verdad, vosotros llamáis a esto voluntad de engendrar o instinto de finalidad, de al-
go más alto, más lejano, más vario: pero todo eso es una única cosa y un único misterio.
Prefiero hundirme en mi ocaso antes que renunciar a esa única cosa; y, en verdad, don-
de hay ocaso y caer de hojas, mira, allí la vida se inmola a sí misma - ¡por el poder!
Pues yo tengo que ser lucha y devenir y finalidad y contradicción de las finalidades:
¡ay, quien adivina mi voluntad, ése adivina sin duda también por qué caminos torcidos
tiene él que caminar!
Sea cual sea lo que yo crea, y el modo como lo ame, - pronto tengo que ser adversario
de ello y de mi amor: así lo quiere mi voluntad.
Y también tú, hombre del conocimiento, eras tan sólo un sendero y una huella de mi
voluntad: ¡en verdad, mi voluntad de poder camina también con los pies de tu voluntad
de verdad!
No ha dado ciertamente en el blanco de la verdad quien disparó hacia ella la frase de la
`voluntad de existir201: ¡esa voluntad - no existe!
Pues: lo que no es, eso no puede querer; mas lo que está en la existencia, ¡cómo podría
seguir queriendo la existencia!
Sólo donde hay vida hay también voluntad: pero no voluntad de vida, sino - así te lo
enseño yo - ¡voluntad de poder!
Muchas cosas tiene el viviente en más alto aprecio que la vida misma; pero en el apre-
ciar mismo habla - ¡la voluntad de poder!» -
Esto fue lo que en otro tiempo me enseñó la vida: y con ello os resuelvo yo, sapientísi-
mos, incluso el enigma de vuestro corazón.
En verdad, yo os digo: ¡Un bien y un mal que sean imperecederos - no existen! Por sí
mismos deben una y otra vez superarse a sí mismos.

69