nunca, ni sufrido nunca, así sufre un dios, un Dioniso. La respuesta a este ditirambo del aislamiento solar
en la luz sería Ariadna... ¡Quien sabe, excepto yo, qué es Ariadna!»... Véase Ecce homo.
187
La alusión a los «surtidores» es, una vez más, reminiscencia italiana, y se refiere a la fontana del
Tritone, obra de Bernini, que adorna la piazza Barberini en Roma. Es Nietzsche mismo el que dice esto:
«En una loggia situada sobre la mencionada piazza (Barberini], desde la cual se domina Roma con la vista
y se oye, allá abajo en el fondo, murmurar la fontana, fue compuesta aquella canción, la más solitaria que
jamás se ha compuesto, La canción de la noche.»
188
En Hechos de los Apóstoles, 20, 35, dice Pablo a los presbíteros de la Iglesia de Efeso: «Hay que tener
presentes las palabras del Señor Jesús, que dijo: Mayor felicidad hay en dar que en tomar.» Esta frase atri-
buida a Jesús por Pablo no la han conservado los Evangelios. Nietzsche invierte la sentencia: la infelicidad,
dice, la otorga el dar; es mejor tomar; y aun mejor, robar y arrebatar. Véase, en la tercera parte, El retorno a
casa, y, en la cuarta parte, El mendigo voluntario.
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Véase, en la tercera parte, El convaleciente.
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Una variación de esta idea puede verse en Más allá del bien y del mal: «¡Es tan frío, tan gélido, que al
tocarlo nos quemamos los dedos! ¡Toda mano que lo agarra se espanta! - Y justo por ello no son pocos los
que lo tienen por ardiente.»
La canción del baile
Un atardecer caminaba Zaratustra con sus discípulos por el bosque; y estando buscando
una fuente he aquí que llegó a un verde prado a quien árboles y malezas silenciosamente
rodeaban: en él bailaban, unas con otras, unas muchachas. Tan pronto como las mucha-
chas reconocieron a Zaratustra dejaron de bailar; mas Zaratustra se acercó a ellas con
gesto amistoso y dijo estas palabras
«¡No dejéis de bailar, encantadoras muchachas! No ha llegado a vosotras, con mirada
malvada, ningún aguafiestas, ningún enemigo de muchachas.
Abogado de Dios soy yo ante el diablo: mas éste es el espíritu de la pesadez. ¿Cómo
habría yo de ser, oh ligeras, hostil a bailes divinos? ¿O a pies de muchacha de hermosos
tobillos?
Sin duda soy yo un bosque y una noche de árboles oscuros: sin embargo, quien no ten-
ga miedo de mi oscuridad encontrará también taludes de rosas debajo de mis cipreses.
Y asimismo encontrará ciertamente al pequeño dios que más querido les es a las mu-
chachas: junto al pozo está tendido, quieto, con los ojos cerrados.
¡En verdad, se me quedó dormido en pleno día, el haragán! ¿Es que acaso corrió dema-
siado tras las mariposas?
¡No os enfadéis conmigo, bellas bailarinas, si castigo un poco al pequeño dios! Gritará
ciertamente y llorará, - ¡mas a risa mueve él incluso cuando llora!
Y con lágrimas en los ojos debe pediros un baile; y yo mismo quiero cantar una canción
para su baile:
Una canción de baile y de mofa contra el espíritu de la pesadez, mi supremo y más po-
deroso diablo, del que ellos dicen que es "el señor de este mundo"»191. -
Y ésta es la canción que Zaratustra cantó mientras Cupido y las muchachas bailaban
juntos:
En tus ojos he mirado hace un momento, ¡oh vida!192 Y en lo insondable me pareció
hundirme.
Pero tú me sacaste fuera con un anzuelo de oro; burlonamente te reíste cuando te llamé
insondable.
«Ése es el lenguaje de todos los peces, dijiste; lo que ellos no pueden sondar, es inson-
dable.
Pero yo soy tan sólo mudable, y salvaje, y una mujer en todo, y no virtuosa:
Aunque para vosotros los varones me llame `la profunda', o `la fiel', `la eterna', `la lle-
na de misterio'.
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