¡Oh, contemplad esas tiendas que esos sacerdotes se han construido! Iglesias llaman
ellos a sus cavernas de dulzona fragancia.
¡Oh, esa luz falsa, ese aire que huele a moho! ¡Aquí donde al alma no le es lícito - ele-
varse volando hacia su altura!
Su fe, por el contrario, ordena esto: «¡De rodillas subid la escalera, pecadores!»164
¡En verdad, prefiero ver incluso al hombre carente de pudor que los torcidos ojos de su
pudor y devoción!
¿Quién creó para sí tales cavernas y escaleras de penitencia? ¿No fueron aquellos que
querían esconderse y se avergonzaban del cielo puro?
Y sólo cuando el cielo puro vuelva a mirar a través de techos derruidos y llegue hasta la
hierba y la roja amapola crecidas junto a muros derruidos165, - sólo entonces quiero yo
volver a dirigir mi corazón hacia los lugares de ese Dios.
Ellos llamaron Dios a lo que les contradecía y causaba dolor: y en verdad, ¡mucho
heroísmo había en su adoración! ¡Y no supieron amar a su Dios de otro modo que cla-
vando al hombre en la cruz!
Como cadáveres pensaron vivir, de negro vistieron su cadáver; también en sus discur-
sos huelo yo todavía el desagradable aroma de cámaras mortuorias.
Y quien vive cerca de ellos, cerca de negros estanques vive, desde los cuales canta el
sapo su canción con dulce melancolía.
Mejores canciones tendrían que cantarme para que yo aprendiese a creer en su redentor:
¡más redimidos tendrían que parecerme los discípulos de ese redentor!
Desnudos quisiera verlos: pues únicamente la belleza debiera predicar penitencia. ¡Mas
a quién persuade esa tribulación embozada!166
¡En verdad, sus mismos redentores no vinieron de la libertad y del séptimo cielo de la
libertad! ¡En verdad, ellos mismos no caminaron nunca sobre las alfombras del conoci-
miento!
De huecos se componía el espíritu de esos redentores; mas en cada hueco habían colo-
cado su ilusión, su tapahuecos, al que ellos llamaban Dios.
En su compasión se había ahogado su espíritu, y cuando se hinchaban y desbordaban de
compasión, siempre nadaba en la superficie una gran tontería.
Celosamente y a gritos conducían su rebaño por su vereda: ¡como si hacia el futuro no
hubiera más que una sola vereda! ¡En verdad, también estos pastores continuaban for-
mando parte de las ovejasl167
Espíritus pequeños y almas voluminosas tenían estos pastores: pero, hermanos míos,
¡qué comarcas tan pequeñas han sido hasta ahora incluso las almas más voluminosas!
Signos de sangre escribieron en el camino que ellos recorrieron, y su tontería enseñaba
que con sangre se demuestra la verdad168.
Mas la sangre es el peor testigo de la verdad; la sangre envenena incluso la doctrina
más pura, convirtiéndola en ilusión y odio de los corazones.
Y si alguien atraviesa una hoguera por defender su doctrina, - ¡qué demuestra eso!
¡Mayor cosa es, en verdad, que del propio incendio salga la propia doctrina!
Corazón tórrido y cabeza fría: cuando estas cosas coinciden surge el viento impetuoso,
el «redentor».
¡Ha habido, en verdad, hombres más grandes y de nacimiento más elevado que aquellos
a quienes el pueblo llama redentores, esos arrebatadores vientos impetuosos!
¡Y vosotros, hermanos míos, tenéis que ser redimidos por hombres aún más grandes
que todos los redentores, si queréis encontrar el camino que lleva a la libertad!
Nunca ha habido todavía un superhombre. Desnudos he visto yo a ambos, al hombre
más grande y al más pequeño: -
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