¿Hablo yo de cosas sucias? Para mí no es esto lo peor.
Al hombre del conocimiento le disgusta bajar al agua de la verdad no cuando está sucia,
sino cuando no es profunda.
En verdad, hay personas castas de raíz: son dulces de corazón, ríen con más gusto y
más frecuencia que vosotros.
Se ríen incluso de la castidad y preguntan: «¡Qué es castidad!
¿No es castidad una tontería? Pero esa tontería ha venido a nosotros, y no nosotros a
ella.
Hemos ofrecido albergue y corazón a ese huésped: ahora habita en nosotros, - ¡que se
quede todo el tiempo que quiera!»

Así habló Zaratustra.
88
Alusión al Evangelio de Mateo, 9,28-32: «Llegó él a la orilla de enfrente, a la región de los gadarenos.
Desde el cementerio salieron a su encuentro dos endemoniados; eran tan peligrosos que nadie se atrevía a
transitar por aquel camino. De pronto empezaron a gritar: "¿Quién te mete a ti en esto, Hijo de Dios? ¿Has
venido aquí a atormentarnos antes de tiempo?" Una gran piara de cerdos estaba hozando a distancia. Los
demonios le dijeron: "Si nos echas, mándanos a la piara". Jesús les dijo: "Id". Salieron y se fueron a los
cerdos. De pronto la piara se abalanzó al lago, acantilado abajo, y murió ahogada.»
89
Paráfrasis de 1 Corintios, 7, 1-2: «Bueno es al hombre no tocar mujer: mas, por evitar la fornicación,
tenga cada uno su mujer y cada una tenga su marido.»

Del amigo

Uno siempre a mi alrededor es demasiado» - así piensa el eremita. «Siempre uno por
uno - ¡da a la larga dos!»
Yo y mí están siempre dialogando con demasiada vehemencia: ¿cómo soportarlo si no
hubiese un amigo?
Para el eremita el amigo es siempre el tercero: el tercero es el corcho que impide que el
diálogo de los dos se hunda en la profundidad.
Ay, existen demasiadas profundidades para todos los eremitas. Por ello desean ardien-
temente un amigo y su altura. Nuestra fe en otros delata lo que nosotros quisiéramos creer
de nosotros mismos. Nuestro anhelo de un amigo es nuestro delator.
Y a menudo no se quiere, con el amor, más que saltar por encima de la envidia. Y a
menudo atacamos y nos creamos un enemigo para ocultar que somos vulnerables.
«¡Sé al menos mi enemigo!» - así habla el verdadero respeto, que no se atreve a solici-
tar amistad.
Si se quiere tener un amigo hay que querer también hacer la guerra por él: y para hacer
la guerra hay que poder ser enemigo.
En el propio amigo debemos honrar incluso al enemigo. ¿Puedes tú acercarte mucho a
tu amigo sin pasarte a su bando?
En nuestro amigo debemos tener nuestro mejor enemigo. Con tu corazón debes estarle
máximamente cercano cuando le opones resistencia.
¿No quieres llevar vestido alguno delante de tu amigo? ¿Debe ser un honor para tu
amigo el que te ofrezcas a él tal como eres? ¡Pero él te mandará al diablo por esto!
El que no se recata provoca indignación: ¡tanta razón tenéis para temer la desnudez!
¡Sí, si fueseis dioses, entonces os sería lícito avergonzaros de vuestros vestidos!90
Nunca te adornarás bastante bien para tu amigo: pues debes ser para él una flecha y un
anhelo hacia el superhombre.
¿Has visto ya dormir a tu amigo - para conocer cuál es su aspecto?91 ¿Pues qué es, por
lo demás, el rostro de tu amigo? Es tu propio rostro, en un espejo grosero e imperfecto.

32