Pero el peligro del noble no es volverse bueno, sino insolente, burlón, destructor.
Ay, yo he conocido nobles que perdieron su más alta esperanza. Y desde entonces ca-
lumniaron todas las esperanzas elevadas.
Desde entonces han vivido insolentemente en medio de breves placeres, y apenas se
trazaron metas de más de un día.
"El espíritu es también voluptuosidad" - así dijeron. Y entonces se le quebraron las alas
a su espíritu: éste se arrastra ahora de un sitio para otro y mancha todo lo que roe.
En otro tiempo pensaron convertirse en héroes: ahora son libertinos. Pesadumbre y
horror es para ellos el héroe.
Mas por mi amor y mi esperanza te conjuro: ¡no arrojes al héroe que hay en tu alma!
¡Conserva santa tu más alta esperanza! -
Así habló Zaratustra.
68
Éste es uno de los capítulos de mayor impregnación evangélica en su ambientación. Recuerda sobre
todo la conversación de Jesús con el joven rico (véase el Evangelio de Mateo, 19, 16 y ss.), pero también el
hecho de que Jesús encontrase a algunos de sus primeros discípulos debajo de un árbol; véase el Evangelio
de Juan, 1, 48: «Contestó Jesús, y le dijo: Antes de que Felipe te llamase, te vi cuando estabas debajo de la
higuera. Natanael le contestó: Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel. Contestó Jesús y le
dijo: ¿Porque te he dicho que te vi debajo de la higuera crees? Cosas mayores has de ver.»
69
Reminiscencia del Evangelio de Juan, 3, 8: «El viento sopla donde quiere; oyes el ruido, pero no sabes
de dónde viene ni adónde va.»
70
Véase, en la cuarta parte, Del hombre superior, 6, donde vuelve a aludirse a lo aquí indicado.
71
Como en varias otras ocasiones, Nietzsche utiliza aquí la expresión evangélica con que se caracteriza
el llanto de Pedro tras negar a Jesús; véase el Evangelio de Mateo, 26, 75: «Y enseguida cantó un gallo.
Pedro se acordó de las palabras de Jesús: "Antes que cante el gallo me negarás tres veces". Y saliendo
fuera, lloró amargamente».
72
Véase antes, De las alegrías y de las pasiones, y más tarde, sobre todo, Del hijo y del matrimonio,
donde se desarrolla este mismo pensamiento.
De los predicadores de la muerte73
Hay predicadores de la muerte: y la tierra está llena de seres a quien hay que predicar
que se alejen de la vida.
Llena está la tierra de superfluos, corrompida está la vida por los demasiados. ¡Ojalá los
saque alguien de esta vida con el atractivo de la «vida eterna»!
«Amarillos»: así se llama a los predicadores de la muerte, o «negros». Pero yo quiero
mostrároslos todavía con otros colores.
Ahí están los seres terribles, que llevan dentro de sí el animal de presa y no pueden ele-
gir más que o placeres o autolaceración. E incluso sus placeres continúan siendo autola-
ceración.
Aún no han llegado ni siquiera a ser hombres, esos seres terribles: ¡ojalá prediquen el
abandono de la vida y ellos mismos se vayan a la otra!74.
Ahí están los tuberculosos del alma: apenas han nacido y ya han comenzado a morir, y
anhelan doctrinas de fatiga y de renuncia.
¡Querrían estar muertos, y nosotros deberíamos aprobar su voluntad! ¡Guardémonos de
resucitar a esos muertos y de lastimar a esos ataúdes vivientes!
Si encuentran un enfermo, o un anciano, o un cadáver, enseguida dicen: «¡la vida está
refutada!»
Pero sólo están refutados ellos, y sus ojos, que no ven más que un solo rostro en la exis-
tencia.
Envueltos en espesa melancolía, y ávidos de los pequeños incidentes que ocasionan la
muerte: así es como aguardan, con los dientes apretados.
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