estaban dentro de la caverna de Zaratustra se habían despertado y estaban disponiéndose
para salir en procesión a su encuentro y ofrecerle el saludo matinal: habían encontrado,
en efecto, cuando se despertaron, que él no se hallaba ya entre ellos. Mas cuando llegaron
a la puerta de la caverna, y el ruido de sus pasos los precedía, el león enderezó las orejas
con violencia, se apartó súbitamente de Zaratustra y lanzóse, rugiendo salvajemente,
hacia la caverna; los hombres superiores, cuando le oyeron rugir, gritaron todos como
con una sola boca y retrocedieron huyendo y en un instante desaparecieron.
Mas Zaratustra, aturdido y distraído, se levantó de su asiento, miró a su alrededor, per-
maneció de pie sorprendido, interrogó a su corazón, volvió en sí, y estuvo solo. «¿Qué es
lo que he oído?, dijo por fin lentamente, ¿qué es lo que me acaba de ocurrir?»
Y ya el recuerdo volvía a él, y comprendió con una sola mirada todo lo que había acon-
tecido entre ayer y hoy. «Aquí está, en efecto, la piedra595, dijo y se acarició la barba, en
ella me encontraba sentado ayer por la mañana; y aquí se me acercó el adivino, y aquí oí
por vez primera el grito que acabo de oír, el gran grito de socorro.
Oh vosotros hombres superiores, vuestra necesidad fue la que aquel viejo adivino me
vaticinó ayer por la mañana, -
- a acudir a vuestra necesidad quería seducirme y tentarme: oh Zaratustra, me dijo, yo
vengo para seducirte a tu último pecado596.
¿A mi último pecado?, exclamó Zaratustra y furioso se rió de sus últimas palabras:
¿qué se me había reservado como mi último pecado?»
- Y una vez más Zaratustra se abismó dentro de sí y volvió a sentarse sobre la gran pie-
dra y reflexionó. De repente se levantó de un salto, -
«¡Compasión! ¡La compasión por el hombre superior!, gritó, y su rostro se endureció
como el bronce. ¡Bien! ¡Eso - tuvo su tiempo!
Mi sufrimiento y mi compasión - ¡qué importan! ¿Aspiro yo acaso a la felicidad? ¡Yo
aspiro a mi obra!597
¡Bien! El león ha llegado, mis hijos están cerca, Zaratustra está ya maduro, mi hora ha
llegado: -
Ésta es mi mañana, mi día comienza: ¡asciende, pues, asciende tú, gran mediodía!» - -
Así habló Zaratustra, y abandonó su caverna, ardiente y fuerte como un sol matinal que
viene de oscuras montañas.
589
«Ceñirse los riñones» es expresión bíblica. Véase 1 Reyes, 18, 46: «Fue sobre Elías la mano de Yahvé,
que ciñó sus riñones, yvino corriendo a Jezrael delante de Ajab».
590
Zaratustra reproduce aquí la misma invocación al sol que pronunció al comienzo de la obra; véase el
Prólogo de Zaratustra, 1.
591
Como los discípulos de Jesús en el monte de los Olivos; véase el Evangelio de Mateo, 26,40: «Se
acercó a sus discípulos y los encontró dormidos».
592
Zaratustra reclama aquí para sí «el oído obediente» (das gehorchende Ohr). Antes, sin embargo, ha
dicho, en la tercera parte, De tablas viejas y nuevas, 7, que «quien obedece, no se oye a sí mismo» (werge-
horcht, der hórt sich selbst nicht).
593
Véase, en la tercera parte, De tablas viejas y nuevas, 1, y en esta cuarta parte, El saludo.
594
Véase la nota 316.
595
Véase la nota 451.
596
Véase, en la tercera parte, De tablas viejas y nuevas, y en esta cuarta parte, El grito de socorro, El
más feo de los hombres, y El signo.
597
Son palabras que ya han aparecido en La ofrenda de la miel.


Fin de ASÍ HABLÓ ZARATUSTRA

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