como si se le apareciese de repente un fantasma: tan flaco, negruzco, hueco y anticuado
era el aspecto de su seguidor.
«¿Quién eres?, preguntó Zaratustra con vehemencia, ¿qué haces aquí? ¿Y por qué te
llamas a ti mismo mi sombra? No me gustas.»
«Perdóname, respondió la sombra, que sea yo; y si no te gusto, bien, ¡oh Zaratustra!, en
eso te alabo a ti y a tu buen gusto.
Un caminante soy que ha andado ya mucho detrás de tus talones: siempre en camino,
pero sin una meta, también sin un hogar: de modo que, en verdad, poco me falta para ser
el judío eterno, excepto que no soy eterno ni tampoco judío.
¿Cómo? ¿Tengo que continuar caminando siempre? ¿Agitado, errante, arrastrado lejos
por todos los vientos? ¡Oh tierra, para mí te has vuelto demasiado redonda!
En todas las superficies he estado ya sentado, en espejos y cristales de ventanas me he
dormido, semejante a polvo cansado: todas las cosas toman algo de mí, ninguna me da
nada, yo adelgazo, - casi me parezco a una sombra.
Pero a ti, oh Zaratustra, es a quien más tiempo he seguido volando y corriendo, y aun-
que de ti me ocultase he sido, sin embargo, tu mejor sombra: en todos los lugares en que
has estado sentado tú, allí estaba también sentado yo.
Contigo he andado errante por los mundos más lejanos, más fríos, semejante a un fan-
tasma que corre voluntariamente sobre tejados invernales y sobre nieve.
Contigo he aspirado a todo lo prohibido503, a lo peor, a lo más remoto: y si hay en mí
algo que sea virtud, eso es el no haber tenido miedo de ninguna prohibición.
Contigo he quebrantado aquello que en otro tiempo mi corazón veneró, he derribado
todos los mojones y todas las imágenes, he perseguido los deseos más peligrosos, - en
verdad, por encima de todos los crímenes he pasado corriendo alguna vez.
Contigo perdí la fe en palabras y valores y en grandes nombres. Cuando el diablo cam-
bia de piel, ¿no se despoja también de su nombre? El nombre es, en efecto, también piel.
El diablo mismo es tal vez - piel.
"Nada es verdadero, todo está permitido"504: así me decía yo para animarme. En las
aguas más frías me arrojé de cabeza y de corazón. ¡Ay, cuántas veces me he encontrado,
por esta causa, desnudo como un rojo cangrejo!
¡Ay, dónde se me han ido todo el bien y toda la vergüenza y toda la fe en los buenos!
¡Ay, dónde se ha ido aquella mentida inocencia que en otro tiempo yo poseía, la inocen-
cia de los buenos y de sus nobles mentiras!505
Con demasiada frecuencia, en verdad, he seguido de cerca a la verdad, pegado a sus
pies: entonces ella me pisaba la cabeza. A veces yo creía mentir, y, ¡mira!, sólo entonces
acertaba - con la verdad.
Demasiadas cosas se me han aclarado: y ahora nada me importa ya. Nada vive ya que
yo ame, - ¿cómo iba a continuar amándome a mí mismo?
"Vivir como me plazca, o no vivir en absoluto": eso es lo que quiero yo, eso es lo que
quiere también el más santo. Mas ¡ay!, ¿tengo yo ya - placer en algo?
¿Tengo yo - todavía una meta? ¿Un puerto hacia el que naveguen mis velas?
¿Un buen viento? Ay, sólo quien sabe hacia dónde navega sabe también qué viento es
bueno y cuál es el favorable para su navegación.
¿Qué me ha quedado ya? Un corazón cansado y desvergonzado; una voluntad inestable;
alas para revolotear; un espinazo roto.
Esta búsqueda de mi hogar: oh Zaratustra, lo sabes bien, esta búsqueda ha sido mi aflic-
ción506, que me devora.
"¿Dónde está - mi hogar?" Por él pregunto y busco y he buscado, y no lo he encontra-
do. ¡Oh eterno estar en todas partes, oh eterno estar en ningún sitio, oh eterno - en vano!»
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